Hay momentos en la vida que sabes que nunca se van a repetir. Algunos son inesperados y otros los llevas esperando casi toda tu vida. Hoy se ha dado uno de los dos acontecimientos más emocionantes de la mia y es del segundo tipo. El primero fue en Liverpool, tenía 14 ó 15 años; íbamos una panda de adolescentes sueltos por la calle en la que estaba situada el antiguo local donde tocaban los Beatles, The Cavern, y en vez de sucumbir a las luces que anunciaban el emplazamiento del turístico y emblemático lugar, yo, beatlemaniaca de nacimiento, les contaba a mis amigos que el verdadero sitio donde estaba el local era en esa puerta, unos metros más abajo... que al tocarla se abrió. Nos faltó tiempo para entrar empujándonos, sin más luz que el flash de la cámara, y aunque no vimos más que ladrillos, salimos a la superficie de nuevo y yo no paraba de llorar cual adolescente histérica que hacía lo mismo en el año 61 en esa misma calle. Y mientras, los turistas pagaban por entrar en un sitio que no era.
Y es que la culpa la tiene mi abuelo el melómano que me sentaba en sus rodillas y me ponía cantatas de Bach, y mi otro abuelo que me enseñaba a cantar ópera y a dirigir una orquesta. Pero quienes más culpa tienen son mi tía y aquella radio cochambrosa de encima de la nevera. Yo estaba enferma y no comía, y el truco era ponerme música y explicarme quiénes eran los músicos (de la movida madrileña) que tocaban en cada momento. Y me enganché para siempre. Y empecé con el laúd de mi padre, yo sola, y luego con la flauta, y el piano, y a poner discos hasta rayarlos... Por qué motivo lo dejé, no lo sé, supongo que lo prioritario sería dedicarle más horas al estudio y menos a aporrear el piano, pero cada vez que acudo a un concierto me arrepiento, vaya si me arrepiento, de no haber estudiado música.
Estos días hablan de la llegada del hombre a la Luna. Las pulsaciones de Neil Armstrong subieron de 60 a 120 en décimas de segundo cuando vio que no tenía combustible para alunizar. Pues a mi me ha pasado lo mismo cientos de veces seguidas esta noche, y he rayado el infarto cuando han introducido el gran tema de mi vida con un solo de trompeta que he grabado con una cámara infame y que colgaré en youtube sólo para reírme un rato. Esta noche hemos pasado de la decepción de ver a los trajeados caracartón a la indescriptible emoción de ver a Joe Walsh sacar una guitarra diferente para cada canción y tocarla como nadie, a Don Henley tocar la batería como quien unta mantequilla... Una mezcla de grandes clásicos con las nuevas que no nos sabíamos porque creíamos que el nuevo disco era un poco blandito para lo que han sido los Eagles en los 70, una banda de verdad. Total, que me lo he pasado como una enana, que llevaba esperando este momento desde que era pequeña, y entre que estaban peleados, que luego se juntaban pero no pasaban por España, que luego uno se ponía malo, al final han pasado quince años y ya no tienen melenas, pero el infierno se congeló y ha pasado, he vivido el segundo momento más emocionante de mi vida.
martes 21 de julio de 2009
jueves 16 de julio de 2009
EL FLOTADOR
Hay momentos en la vida en los que si no tienes un flotador a mano al que agarrarte te hundes y te ahogas. Es como si estuvieras en mitad de altamar. ¿Nunca te lo has llegado a imaginar de verdad?. Claro, estamos acostumbrados a nadar siempre cerca de la costa, tenemos una referencia y no nos asustamos del mar. ¿Pero y si de repente te encuentras nadando y no hay nada más que agua alrededor?. Nadas y te cansas cada vez más, por mucho esfuerzo que hagas no vale la pena, vas a acabar ahogado y hundido, nadie te va a oír, nadie va a saber dónde estás. Salvo que tengas un flotador. A lo mejor nadie sabe dónde estás, a lo mejor terminas muy, muy lejos, pero al menos flotas mientras tanto, y eso ya es algo.
Me siento así. Y es gracias a una vieja pasión desempolvada. El olor a vinilo me transporta casi a la edad en la que aprendí a hablar y ya tenía autosuficiencia como para pedir que me pusieran un disco. Pero canciones infantiles, las justas. Curiosamente mis discos favoritos eran los de Beethoven, hasta que descubrí aquel recopilatorio donde cuatro cuasiadolescentes se asomaban a una barandilla y si le dabas la vuelta eran viejos, y si abrías por el centro se veía una foto de una verja y mucha gente detrás... curiosos recuerdos de la primera infancia. Enseguida aprendí sus nombres: John, George, Paul, Ringo... y nadie me tuvo que pagar carísimas clases de inglés para que con cuatro años ya tuviera pronunciación liverpooliense. Con 16 años me disfrazaba de John Lennon, con los mismos pelos, las mismas gafas... Aporreaba sin cesar mi viejo piano Diamond aprendiéndome el libro completo de partituras que por cierto eran para guitarra pero yo las adapté.
Podría citar páginas y páginas de influencias musicales pero me quedo con dos. Una ya la he contado y la otra también viene de la infancia pero más tardía, aunque el verdadero furor me entró cuando Glenn Frey anunció aquello de que el infierno nunca se había congelado, que sólo fueron unas vacaciones de 14 años, y volvieron a tocar en directo mi canción favorita, el Hotel California. Y allá por segundo de carrera me hice ilusiones con una gira mundial que se frustró, volví a hacérmelas no recuerdo cuántos años después...
Y en estos días de soledad eterna, de naufragio inexorable, de nadar hasta caer rendida sin llegar a ninguna costa, de meter mi cerebro en la exprimidora de limones sin hallar respuesta alguna, veo que se acerca la fecha de digamos el concierto más importante de mi vida. Llevo dos horas viendo vídeos en youtube del "Hell Freezes Over" y creo que el día 21 me va a dar uno de mis brotes maniáticos. Ya os lo contaré.
Me siento así. Y es gracias a una vieja pasión desempolvada. El olor a vinilo me transporta casi a la edad en la que aprendí a hablar y ya tenía autosuficiencia como para pedir que me pusieran un disco. Pero canciones infantiles, las justas. Curiosamente mis discos favoritos eran los de Beethoven, hasta que descubrí aquel recopilatorio donde cuatro cuasiadolescentes se asomaban a una barandilla y si le dabas la vuelta eran viejos, y si abrías por el centro se veía una foto de una verja y mucha gente detrás... curiosos recuerdos de la primera infancia. Enseguida aprendí sus nombres: John, George, Paul, Ringo... y nadie me tuvo que pagar carísimas clases de inglés para que con cuatro años ya tuviera pronunciación liverpooliense. Con 16 años me disfrazaba de John Lennon, con los mismos pelos, las mismas gafas... Aporreaba sin cesar mi viejo piano Diamond aprendiéndome el libro completo de partituras que por cierto eran para guitarra pero yo las adapté.
Podría citar páginas y páginas de influencias musicales pero me quedo con dos. Una ya la he contado y la otra también viene de la infancia pero más tardía, aunque el verdadero furor me entró cuando Glenn Frey anunció aquello de que el infierno nunca se había congelado, que sólo fueron unas vacaciones de 14 años, y volvieron a tocar en directo mi canción favorita, el Hotel California. Y allá por segundo de carrera me hice ilusiones con una gira mundial que se frustró, volví a hacérmelas no recuerdo cuántos años después...
Y en estos días de soledad eterna, de naufragio inexorable, de nadar hasta caer rendida sin llegar a ninguna costa, de meter mi cerebro en la exprimidora de limones sin hallar respuesta alguna, veo que se acerca la fecha de digamos el concierto más importante de mi vida. Llevo dos horas viendo vídeos en youtube del "Hell Freezes Over" y creo que el día 21 me va a dar uno de mis brotes maniáticos. Ya os lo contaré.
domingo 24 de mayo de 2009
EL ENCANTADOR DE AMOS
Locos, lunáticos y tarambanas. Así nos deben de llamar los que viven en los edificios de al lado o los que pasan por la acera y nos miran desde arriba.
Todos tenemos un lugar especial. Un sitio al que huimos cuando las cosas se ponen feas. Cuando hemos discutido con alguien, cuando estamos asustados, ese lugar se puede volver un sitio al que de repente nadie va, donde nadie puede verte llorar, donde nadie puede ver lo que haces, cómo te mueves... sin juzgarte, sin detenerte, sin pensar que estás loco. Y de repente, por una circunstancia muy especial, ese lugar cambia y se vuelve diferente en tu vida: ya no es ese sitio al que sales corriendo porque estás asustado y recurres a él por otro motivo. De repente un día te parece increíble pero la luz ha cambiado en tu lugar especial, y descubres que hay gente y ya no está vacío, hay ruidos, está lleno de cosas, de olores...
Todo esto lo sé porque me ha pasado. Mi lugar especial es un pinar y por lo que he descubierto hace pocos meses, es el lugar especial de muchos seres vivos a no muchos metros de mi casa. Y he conocido su historia, y su futuro, y contribuyo a que sobreviva, lo cuido, lo disfruto... cada día. Es curioso cómo alguien entra en tu vida y te ayuda a cambiar tu lugar especial. En mi caso se trata de alguien que tiene bigotes, es de color sal y pimienta, hoy tiene nueve meses y se llama Hugo.
Hugo y yo empezamos a explorar nuestro nuevo lugar especial hace siete meses. Al principio no conocíamos a nadie, pero enseguida descubrimos lo que ahora ya sabemos sobradamente: que la enorme mayoría de los perros y sus dueños son extraordinariamente amigables. Hay algo en el perro que se transmite a su dueño y viceversa que hace que uno quiera comunicarse con el otro. Uno va con su perro y se vuelve un poco canino: te cruzas con otro dueño y enseguida sonríes al otro perro mientras el tuyo se abalanza a saludar, cruzas cualquier tópico "¿es macho?", "sí, pero tranquilo que es cachorro". Y ya has enganchado conversación. El resultado fue que enseguida Hugo y yo teníamos pandilla. Y nos sabíamos el nombre de todos los perros. Pero no el de sus amos. Claro que el siguiente paso durante los meses siguientes fue aprendernos los horarios de salida de cada perro y los nombres de sus amos. Y todo eso ha labrado (de labrador) hasta ahora una sólida y canina amistad.
El amo novato del cachorro al principio sólo lleva la correa y las bolsitas. Ni César Millán ni hostias. Todos los miembros del grupo hemos hecho exactamente lo mismo. Poco a poco, según ha ido evolucionando la manada y el dueño se relaja y aprende a jugar con su perro y los de los otros, va creciendo una voluntad de aportar "cacharritos" inservibles. Porque los perros lo que quieren es estar juntos y correr por el pinar, mientras los amos se afanan en montar un camping de botellas de agua, cacharros, pelotas, mochilas... que se tardan en recoger y que los perros no tocan. Pero nosotros nos hemos quedado tranquilos. "¿Y si no lo llevo?".
Somos un grupo de supervivientes. Somos héroes. ¿Dónde están en invierno los deportistas que estos días pueblan los parques?. ¿Y cuando llueve?. Nosotros estamos ahí abajo, en nuestro pinar, porque los perros no perdonan, y porque nosotros somos esos "locos, lunáticos y tarambanas" que disfrutan tirando una piña mientras se empapan debajo de un pino mojado porque nos mola ver a nuestro perro con la lengua colgando a un lado de la boca y casi rozando el suelo.
Es terapia de grupo en vivo y en directo sin nosotros saberlo, y a unos les viene mejor que a otros (lo digo por gente que ha sufrido mucho y a la que le ha venido de lujo sacar al perro por la tarde y vernos y contarnos lo que les ha pasado).
Este es un homenaje y un agradecimiento para Canela, Yanki, Molly, Tara, Tristán, Neo, Churra, Gordo, Nana, Gina, Rita, Atila, Kiss y Koss, Rocky (siempre hay uno), Lúa (siempre hay una), Aris, Oki, Pintas, Bruno, Nano, Lucas, Thor, Richard, Tina, Oslo, Tosco, Lula, Blas, Tosho, Éboli, Yaka, Noa, Uma... Y sus dueños respectivos. Y por supuesto, para Hugo.
Todos tenemos un lugar especial. Un sitio al que huimos cuando las cosas se ponen feas. Cuando hemos discutido con alguien, cuando estamos asustados, ese lugar se puede volver un sitio al que de repente nadie va, donde nadie puede verte llorar, donde nadie puede ver lo que haces, cómo te mueves... sin juzgarte, sin detenerte, sin pensar que estás loco. Y de repente, por una circunstancia muy especial, ese lugar cambia y se vuelve diferente en tu vida: ya no es ese sitio al que sales corriendo porque estás asustado y recurres a él por otro motivo. De repente un día te parece increíble pero la luz ha cambiado en tu lugar especial, y descubres que hay gente y ya no está vacío, hay ruidos, está lleno de cosas, de olores...
Todo esto lo sé porque me ha pasado. Mi lugar especial es un pinar y por lo que he descubierto hace pocos meses, es el lugar especial de muchos seres vivos a no muchos metros de mi casa. Y he conocido su historia, y su futuro, y contribuyo a que sobreviva, lo cuido, lo disfruto... cada día. Es curioso cómo alguien entra en tu vida y te ayuda a cambiar tu lugar especial. En mi caso se trata de alguien que tiene bigotes, es de color sal y pimienta, hoy tiene nueve meses y se llama Hugo.
Hugo y yo empezamos a explorar nuestro nuevo lugar especial hace siete meses. Al principio no conocíamos a nadie, pero enseguida descubrimos lo que ahora ya sabemos sobradamente: que la enorme mayoría de los perros y sus dueños son extraordinariamente amigables. Hay algo en el perro que se transmite a su dueño y viceversa que hace que uno quiera comunicarse con el otro. Uno va con su perro y se vuelve un poco canino: te cruzas con otro dueño y enseguida sonríes al otro perro mientras el tuyo se abalanza a saludar, cruzas cualquier tópico "¿es macho?", "sí, pero tranquilo que es cachorro". Y ya has enganchado conversación. El resultado fue que enseguida Hugo y yo teníamos pandilla. Y nos sabíamos el nombre de todos los perros. Pero no el de sus amos. Claro que el siguiente paso durante los meses siguientes fue aprendernos los horarios de salida de cada perro y los nombres de sus amos. Y todo eso ha labrado (de labrador) hasta ahora una sólida y canina amistad.
El amo novato del cachorro al principio sólo lleva la correa y las bolsitas. Ni César Millán ni hostias. Todos los miembros del grupo hemos hecho exactamente lo mismo. Poco a poco, según ha ido evolucionando la manada y el dueño se relaja y aprende a jugar con su perro y los de los otros, va creciendo una voluntad de aportar "cacharritos" inservibles. Porque los perros lo que quieren es estar juntos y correr por el pinar, mientras los amos se afanan en montar un camping de botellas de agua, cacharros, pelotas, mochilas... que se tardan en recoger y que los perros no tocan. Pero nosotros nos hemos quedado tranquilos. "¿Y si no lo llevo?".
Somos un grupo de supervivientes. Somos héroes. ¿Dónde están en invierno los deportistas que estos días pueblan los parques?. ¿Y cuando llueve?. Nosotros estamos ahí abajo, en nuestro pinar, porque los perros no perdonan, y porque nosotros somos esos "locos, lunáticos y tarambanas" que disfrutan tirando una piña mientras se empapan debajo de un pino mojado porque nos mola ver a nuestro perro con la lengua colgando a un lado de la boca y casi rozando el suelo.
Es terapia de grupo en vivo y en directo sin nosotros saberlo, y a unos les viene mejor que a otros (lo digo por gente que ha sufrido mucho y a la que le ha venido de lujo sacar al perro por la tarde y vernos y contarnos lo que les ha pasado).
Este es un homenaje y un agradecimiento para Canela, Yanki, Molly, Tara, Tristán, Neo, Churra, Gordo, Nana, Gina, Rita, Atila, Kiss y Koss, Rocky (siempre hay uno), Lúa (siempre hay una), Aris, Oki, Pintas, Bruno, Nano, Lucas, Thor, Richard, Tina, Oslo, Tosco, Lula, Blas, Tosho, Éboli, Yaka, Noa, Uma... Y sus dueños respectivos. Y por supuesto, para Hugo.
jueves 11 de diciembre de 2008
TRASTOS VIEJOS
Un viandante cualquiera reparó en el viejo escaparate delante del cual nadie se paraba nunca. Era un día nublado y la calle estaba mojada, no llovía pero caía ese calabobos al que no se le da importancia pero si pasas el tiempo suficiente a la intemperie, la humedad avanza inexorable y terminas empapado. El escaparate era lúgubre, el vidrio estaba sucio y desde luego no era nada atractivo. El viandante ni siquiera se preguntó por qué alguien querría exponer cosas de esa manera tan repulsiva. ¿Acaso querría vender algo?. La tienda ni siquiera estaba abierta. De hecho puede que hasta estuviera abandonada, y se había quedado tal cual, como si un buen día el dueño hubiera decidido marcharse y dejarla así, sin recoger, si se hubiera aburrido de repente y las cosas se hubieran quedado allí expuestas.
Se podía ver un par de botas ajadas. "Las botas de siete leguas", pensó el viandante. Y se imaginó quién las habría llevado durante millas y millas, incansablemente. Y qué necesidad habría movido a su dueño a trasladarse de un lado a otro tantas veces como para que terminaran así. Un paraguas negro descansaba en una esquina. Parecía pertenecer a una de esas severas niñeras antiguas de rostro tenso que pocas cosas dejaban pasar. El polvo ocupaba todos los rincones. Y más cosas había. Una vieja lata de aceite de motor. Y una barrica de vino, que ojalá estuviera vacía, pensó el viandante. Una manta que antaño habría sido acogedora, perteneciente a alguna tierna viejecita que se sentaba delante de la chimenea con semblante amable mientras contaba historias, permanecía ahora en la parte delantera del escaparate, raída por la polilla.
¿A quién le podrían interesar estas cosas?. Pensó el viandante, y siguió su camino sin darse cuenta de que era el único en mucho tiempo que se había parado delante de la vieja tienda abandonada y se había imaginado a los antiguos propietarios de los trastos que alguna vez fueron útiles para alguien. "Adiós", rezaba el cartel en la puerta de la tienda. "¿Por qué?", parecía susurrar la chatarra en el escaparate.
Inspirado en una de las canciones más bonitas de Paul McCartney, cuando todavía era un gran músico y no era gilipollas.
Se podía ver un par de botas ajadas. "Las botas de siete leguas", pensó el viandante. Y se imaginó quién las habría llevado durante millas y millas, incansablemente. Y qué necesidad habría movido a su dueño a trasladarse de un lado a otro tantas veces como para que terminaran así. Un paraguas negro descansaba en una esquina. Parecía pertenecer a una de esas severas niñeras antiguas de rostro tenso que pocas cosas dejaban pasar. El polvo ocupaba todos los rincones. Y más cosas había. Una vieja lata de aceite de motor. Y una barrica de vino, que ojalá estuviera vacía, pensó el viandante. Una manta que antaño habría sido acogedora, perteneciente a alguna tierna viejecita que se sentaba delante de la chimenea con semblante amable mientras contaba historias, permanecía ahora en la parte delantera del escaparate, raída por la polilla.
¿A quién le podrían interesar estas cosas?. Pensó el viandante, y siguió su camino sin darse cuenta de que era el único en mucho tiempo que se había parado delante de la vieja tienda abandonada y se había imaginado a los antiguos propietarios de los trastos que alguna vez fueron útiles para alguien. "Adiós", rezaba el cartel en la puerta de la tienda. "¿Por qué?", parecía susurrar la chatarra en el escaparate.
Inspirado en una de las canciones más bonitas de Paul McCartney, cuando todavía era un gran músico y no era gilipollas.
miércoles 3 de diciembre de 2008
CAZZO!!!
Hay una manera instantánea de salir de la fase de negación del duelo. Saca a pasear a tu perro, y cuando le estés regañando, deja a tu inconsciente llamarle Carlo. Es infalible. Además iba pensando que hacía mucho que no me escapaba un viernes por la tarde a verle antes de que empezara la clase del master, algunas veces lo hacía. Espiaba cuándo venía él a dar clase, me escapaba del trabajo y aparecía a reclamar MI BESO. Porque siempre tenía uno reservado para mi. El beso en los morros al estilo Carlo, por debajo del bigote.
Todo empezó en Santiago. Había una conferencia multitudinaria impartida por el Adulto de algún gran pope de la Psicoterapia y la sala estaba abarrotada. Había unas sillas a la derecha de la mesa del conferenciante donde se habían juntado los Niños Libres de Javier, Jesús y yo. Javier manipulaba una cámara mientras Jesús y yo hacíamos que escuchábamos el ronroneo insoportable de la charla. De pronto vino otro Niño Libre celoso. Él, seductor y provocador por naturaleza, se sentó en la silla inmediatamente delante de la mía y a intervalos se daba la vuelta y me lanzaba un beso, que lejos de incomodarme o escandalizarme, era inmediatamente correspondido. Hasta que una de las veces que se giró nos encontró a Jesús y a mi abrazados. Todavía me parto de la risa al recordar su cara de afrenta incontenida al no ser ÉL el abrazado delante del público.
No todos los días pierdes un maestro y no todos los días te paras a recordar qué te has llevado de él en esta vida. A veces he intentado entender qué demonios trataba de enseñarnos. Desde luego si eres un alumno de los que trata de coger apuntes para luego estudiar olvídate. Me hizo gracia hace pocos meses cuando repasando mis notas del master vi cómo al principio de las clases de Carlo aún hacía intentos de apuntar cosas ininteligibles (¿qué querría decir con esta frase a medio construir?), cómo pasaba a ser medio garabatos, terminando por un folio en blanco con el título. Ahora me doy cuenta de que daba igual el contenido del módulo, que daban igual los apuntes, el Análisis Transaccional, que probablemente lo que te contara ese fin de semana no lo ibas a aplicar nunca con tus pacientes. Seguramente ibas a aprender más de sus técnicas y sus teorías a través de otro profesor o de un artículo que de sus propias palabras. Yo no sé si les pasaría igual a mis compañeros. Pero a mi cada fin de semana con Carlo me creaba esa zozobra, esa inquietud, ese zarandeo. Al final de lo que se trata es de eso precisamente, no de que te pongas a coger apuntes o de que se te olvide lo que te han contado, sino de que alguien te haya dejado una huella imborrable, te haya hecho pensar, te haya creado una inquietud, y que de repente se muera y te des cuenta de cuánto ha significado en tu aprendizaje y en definitiva en tu aprendizaje sobre la vida, porque cuanto más te fijas en la vida más puedes ayudar a tus pacientes a disfrutar de ella.
Seguramente si lloráramos a Carlo se enfadaría o nos pondría a pensar. Así que esta noche me quedo con una de mis imágenes favoritas, de ese parecido con mi abuelo, de ese aire sabio y genial, sentado en la silla esperando a que nos diera la gana de bajar a clase, concentrado, cantando. A veces escuchando una pregunta o una reflexión de alguno, para de repente saltar muy enfadado y soltar aquella expresión soez y que me encanta, pero que hoy quiero soltar muy alto: Cazzo!.
Todo empezó en Santiago. Había una conferencia multitudinaria impartida por el Adulto de algún gran pope de la Psicoterapia y la sala estaba abarrotada. Había unas sillas a la derecha de la mesa del conferenciante donde se habían juntado los Niños Libres de Javier, Jesús y yo. Javier manipulaba una cámara mientras Jesús y yo hacíamos que escuchábamos el ronroneo insoportable de la charla. De pronto vino otro Niño Libre celoso. Él, seductor y provocador por naturaleza, se sentó en la silla inmediatamente delante de la mía y a intervalos se daba la vuelta y me lanzaba un beso, que lejos de incomodarme o escandalizarme, era inmediatamente correspondido. Hasta que una de las veces que se giró nos encontró a Jesús y a mi abrazados. Todavía me parto de la risa al recordar su cara de afrenta incontenida al no ser ÉL el abrazado delante del público.
No todos los días pierdes un maestro y no todos los días te paras a recordar qué te has llevado de él en esta vida. A veces he intentado entender qué demonios trataba de enseñarnos. Desde luego si eres un alumno de los que trata de coger apuntes para luego estudiar olvídate. Me hizo gracia hace pocos meses cuando repasando mis notas del master vi cómo al principio de las clases de Carlo aún hacía intentos de apuntar cosas ininteligibles (¿qué querría decir con esta frase a medio construir?), cómo pasaba a ser medio garabatos, terminando por un folio en blanco con el título. Ahora me doy cuenta de que daba igual el contenido del módulo, que daban igual los apuntes, el Análisis Transaccional, que probablemente lo que te contara ese fin de semana no lo ibas a aplicar nunca con tus pacientes. Seguramente ibas a aprender más de sus técnicas y sus teorías a través de otro profesor o de un artículo que de sus propias palabras. Yo no sé si les pasaría igual a mis compañeros. Pero a mi cada fin de semana con Carlo me creaba esa zozobra, esa inquietud, ese zarandeo. Al final de lo que se trata es de eso precisamente, no de que te pongas a coger apuntes o de que se te olvide lo que te han contado, sino de que alguien te haya dejado una huella imborrable, te haya hecho pensar, te haya creado una inquietud, y que de repente se muera y te des cuenta de cuánto ha significado en tu aprendizaje y en definitiva en tu aprendizaje sobre la vida, porque cuanto más te fijas en la vida más puedes ayudar a tus pacientes a disfrutar de ella.
Seguramente si lloráramos a Carlo se enfadaría o nos pondría a pensar. Así que esta noche me quedo con una de mis imágenes favoritas, de ese parecido con mi abuelo, de ese aire sabio y genial, sentado en la silla esperando a que nos diera la gana de bajar a clase, concentrado, cantando. A veces escuchando una pregunta o una reflexión de alguno, para de repente saltar muy enfadado y soltar aquella expresión soez y que me encanta, pero que hoy quiero soltar muy alto: Cazzo!.
domingo 12 de octubre de 2008
HOY NO
Me pregunto cómo de grande debe de ser el nudo que se te hace en la garganta cuando empiezas un concierto cantando que hoy has echado de menos a tu hermano, después sigues, como en otros tantos conciertos, notando su ausencia a tu lado (y eso que han pasado casi nueve años desde que Enrique se murió), y luego cantar aquella canción que tu hermano le escribió a su hija, diciéndole a María que se agarre fuerte. Hoy tengo "Hoy no" dándome vueltas en la cabeza. Lo tenía como dormida, pero con el concierto de los 30 años me ha vuelto esa pasión adolescente, sobre todo al juntarme cerca, muy cerquita del escenario con otros tantos frikis de Los Secretos como yo, que han rayado discos de vinilo de tanto ponerlos, que escuchaban el disco del directo del (86?) y creían estar allí. Menos mal que de vez en cuando algo me pega un empujón musical y recupero la pasión musical. A veces me gustaría poder pedir deseos a un genio de la lámpara y poder asistir a conciertos interminables, le pediría poder volver a ver a Los Secretos en el Honky Tonk como cuando era adolescente y me llevaron mis tíos en plan backstage con otros músicos; le pediría ir a un concierto de los Beatles, de los Eagles, de mi Sabina, y que no se acabe nunca la música. Me gustaría haber seguido todo el fin de semana pegando botes en la arena de Las Ventas con mi grupito de frikis canción tras canción, contándonos cómo esta es mi favorita, no ahora aquella...
Ahora toca temporadita de rescate de viejos discos.
Ahora toca temporadita de rescate de viejos discos.
viernes 10 de octubre de 2008
GRACIAS POR ELEGIRME
Ha sido divertido, incluso esa lucha entre el morlaco y la torera, porque aunque yo quiero mucho a Eric y es mi cuñado, no le perdono ese vociferio de "Odio a Sabina" que resonó en el tendido de sol esta noche. Sin embargo lo ha resarcido con esas ovaciones compartidas a RAMÓN y su guitarra. Creía que nadie más compartía conmigo esa devoción a ese Ramón tímido que quiere pasar desapercibido pero que cómo va a conseguirlo cuando puntea su guitarra, ¡por Dios!. Seguro que para él no somos más que uno más de "los sobrinos de María" que pegábamos voces en la piscina de Las Rozas cuando él estaba allí las tardes de verano con Begoña, y él es otro en nuestra colección de ídolos que desfilaban en la Movida de los 80 por casa de mis abuelos. O una noche de cangureo de mi prima abrías la puerta y aparecía Álvaro recogiendo un sobre. O te acompañaba a un concierto Javier. Y tú de veinteañera ibas de fan número uno a un concierto de Enrique y meses más tarde aparecías por el tanatorio a consolar a tus tíos mientras por todos los rincones había músicos rindiendo miles de homenajes con sus guitarras. Las Ventas a tope, no cabe ni un alma más y mientras Los Secretos tocan sus grandes éxitos uno tras otro y tú dudas entre echarte a llorar de la emoción y la nostalgia o ponerte a pegar botes (y optas por esto último), te dedicas a llamar por teléfono a tus tíos, iconos de la Movida, especialmente porque ha salido en el escenario Che Mari, y esperas el día en que se monte una Jam Session y puedas disfrutar en privado de la más absoluta genialidad de la música, aquello que fue tu pasión más secreta durante largas horas y que un día te truncaron para ser mujer de provecho. Lo que daría yo esta noche por haber estado, sólo un minuto, al lado de Álvaro Urquijo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Otros blogs a visitar
- ue (1)