Locos, lunáticos y tarambanas. Así nos deben de llamar los que viven en los edificios de al lado o los que pasan por la acera y nos miran desde arriba.
Todos tenemos un lugar especial. Un sitio al que huimos cuando las cosas se ponen feas. Cuando hemos discutido con alguien, cuando estamos asustados, ese lugar se puede volver un sitio al que de repente nadie va, donde nadie puede verte llorar, donde nadie puede ver lo que haces, cómo te mueves... sin juzgarte, sin detenerte, sin pensar que estás loco. Y de repente, por una circunstancia muy especial, ese lugar cambia y se vuelve diferente en tu vida: ya no es ese sitio al que sales corriendo porque estás asustado y recurres a él por otro motivo. De repente un día te parece increíble pero la luz ha cambiado en tu lugar especial, y descubres que hay gente y ya no está vacío, hay ruidos, está lleno de cosas, de olores...
Todo esto lo sé porque me ha pasado. Mi lugar especial es un pinar y por lo que he descubierto hace pocos meses, es el lugar especial de muchos seres vivos a no muchos metros de mi casa. Y he conocido su historia, y su futuro, y contribuyo a que sobreviva, lo cuido, lo disfruto... cada día. Es curioso cómo alguien entra en tu vida y te ayuda a cambiar tu lugar especial. En mi caso se trata de alguien que tiene bigotes, es de color sal y pimienta, hoy tiene nueve meses y se llama Hugo.
Hugo y yo empezamos a explorar nuestro nuevo lugar especial hace siete meses. Al principio no conocíamos a nadie, pero enseguida descubrimos lo que ahora ya sabemos sobradamente: que la enorme mayoría de los perros y sus dueños son extraordinariamente amigables. Hay algo en el perro que se transmite a su dueño y viceversa que hace que uno quiera comunicarse con el otro. Uno va con su perro y se vuelve un poco canino: te cruzas con otro dueño y enseguida sonríes al otro perro mientras el tuyo se abalanza a saludar, cruzas cualquier tópico "¿es macho?", "sí, pero tranquilo que es cachorro". Y ya has enganchado conversación. El resultado fue que enseguida Hugo y yo teníamos pandilla. Y nos sabíamos el nombre de todos los perros. Pero no el de sus amos. Claro que el siguiente paso durante los meses siguientes fue aprendernos los horarios de salida de cada perro y los nombres de sus amos. Y todo eso ha labrado (de labrador) hasta ahora una sólida y canina amistad.
El amo novato del cachorro al principio sólo lleva la correa y las bolsitas. Ni César Millán ni hostias. Todos los miembros del grupo hemos hecho exactamente lo mismo. Poco a poco, según ha ido evolucionando la manada y el dueño se relaja y aprende a jugar con su perro y los de los otros, va creciendo una voluntad de aportar "cacharritos" inservibles. Porque los perros lo que quieren es estar juntos y correr por el pinar, mientras los amos se afanan en montar un camping de botellas de agua, cacharros, pelotas, mochilas... que se tardan en recoger y que los perros no tocan. Pero nosotros nos hemos quedado tranquilos. "¿Y si no lo llevo?".
Somos un grupo de supervivientes. Somos héroes. ¿Dónde están en invierno los deportistas que estos días pueblan los parques?. ¿Y cuando llueve?. Nosotros estamos ahí abajo, en nuestro pinar, porque los perros no perdonan, y porque nosotros somos esos "locos, lunáticos y tarambanas" que disfrutan tirando una piña mientras se empapan debajo de un pino mojado porque nos mola ver a nuestro perro con la lengua colgando a un lado de la boca y casi rozando el suelo.
Es terapia de grupo en vivo y en directo sin nosotros saberlo, y a unos les viene mejor que a otros (lo digo por gente que ha sufrido mucho y a la que le ha venido de lujo sacar al perro por la tarde y vernos y contarnos lo que les ha pasado).
Este es un homenaje y un agradecimiento para Canela, Yanki, Molly, Tara, Tristán, Neo, Churra, Gordo, Nana, Gina, Rita, Atila, Kiss y Koss, Rocky (siempre hay uno), Lúa (siempre hay una), Aris, Oki, Pintas, Bruno, Nano, Lucas, Thor, Richard, Tina, Oslo, Tosco, Lula, Blas, Tosho, Éboli, Yaka, Noa, Uma... Y sus dueños respectivos. Y por supuesto, para Hugo.
domingo 24 de mayo de 2009
jueves 11 de diciembre de 2008
TRASTOS VIEJOS
Un viandante cualquiera reparó en el viejo escaparate delante del cual nadie se paraba nunca. Era un día nublado y la calle estaba mojada, no llovía pero caía ese calabobos al que no se le da importancia pero si pasas el tiempo suficiente a la intemperie, la humedad avanza inexorable y terminas empapado. El escaparate era lúgubre, el vidrio estaba sucio y desde luego no era nada atractivo. El viandante ni siquiera se preguntó por qué alguien querría exponer cosas de esa manera tan repulsiva. ¿Acaso querría vender algo?. La tienda ni siquiera estaba abierta. De hecho puede que hasta estuviera abandonada, y se había quedado tal cual, como si un buen día el dueño hubiera decidido marcharse y dejarla así, sin recoger, si se hubiera aburrido de repente y las cosas se hubieran quedado allí expuestas.
Se podía ver un par de botas ajadas. "Las botas de siete leguas", pensó el viandante. Y se imaginó quién las habría llevado durante millas y millas, incansablemente. Y qué necesidad habría movido a su dueño a trasladarse de un lado a otro tantas veces como para que terminaran así. Un paraguas negro descansaba en una esquina. Parecía pertenecer a una de esas severas niñeras antiguas de rostro tenso que pocas cosas dejaban pasar. El polvo ocupaba todos los rincones. Y más cosas había. Una vieja lata de aceite de motor. Y una barrica de vino, que ojalá estuviera vacía, pensó el viandante. Una manta que antaño habría sido acogedora, perteneciente a alguna tierna viejecita que se sentaba delante de la chimenea con semblante amable mientras contaba historias, permanecía ahora en la parte delantera del escaparate, raída por la polilla.
¿A quién le podrían interesar estas cosas?. Pensó el viandante, y siguió su camino sin darse cuenta de que era el único en mucho tiempo que se había parado delante de la vieja tienda abandonada y se había imaginado a los antiguos propietarios de los trastos que alguna vez fueron útiles para alguien. "Adiós", rezaba el cartel en la puerta de la tienda. "¿Por qué?", parecía susurrar la chatarra en el escaparate.
Inspirado en una de las canciones más bonitas de Paul McCartney, cuando todavía era un gran músico y no era gilipollas.
Se podía ver un par de botas ajadas. "Las botas de siete leguas", pensó el viandante. Y se imaginó quién las habría llevado durante millas y millas, incansablemente. Y qué necesidad habría movido a su dueño a trasladarse de un lado a otro tantas veces como para que terminaran así. Un paraguas negro descansaba en una esquina. Parecía pertenecer a una de esas severas niñeras antiguas de rostro tenso que pocas cosas dejaban pasar. El polvo ocupaba todos los rincones. Y más cosas había. Una vieja lata de aceite de motor. Y una barrica de vino, que ojalá estuviera vacía, pensó el viandante. Una manta que antaño habría sido acogedora, perteneciente a alguna tierna viejecita que se sentaba delante de la chimenea con semblante amable mientras contaba historias, permanecía ahora en la parte delantera del escaparate, raída por la polilla.
¿A quién le podrían interesar estas cosas?. Pensó el viandante, y siguió su camino sin darse cuenta de que era el único en mucho tiempo que se había parado delante de la vieja tienda abandonada y se había imaginado a los antiguos propietarios de los trastos que alguna vez fueron útiles para alguien. "Adiós", rezaba el cartel en la puerta de la tienda. "¿Por qué?", parecía susurrar la chatarra en el escaparate.
Inspirado en una de las canciones más bonitas de Paul McCartney, cuando todavía era un gran músico y no era gilipollas.
miércoles 3 de diciembre de 2008
CAZZO!!!
Hay una manera instantánea de salir de la fase de negación del duelo. Saca a pasear a tu perro, y cuando le estés regañando, deja a tu inconsciente llamarle Carlo. Es infalible. Además iba pensando que hacía mucho que no me escapaba un viernes por la tarde a verle antes de que empezara la clase del master, algunas veces lo hacía. Espiaba cuándo venía él a dar clase, me escapaba del trabajo y aparecía a reclamar MI BESO. Porque siempre tenía uno reservado para mi. El beso en los morros al estilo Carlo, por debajo del bigote.
Todo empezó en Santiago. Había una conferencia multitudinaria impartida por el Adulto de algún gran pope de la Psicoterapia y la sala estaba abarrotada. Había unas sillas a la derecha de la mesa del conferenciante donde se habían juntado los Niños Libres de Javier, Jesús y yo. Javier manipulaba una cámara mientras Jesús y yo hacíamos que escuchábamos el ronroneo insoportable de la charla. De pronto vino otro Niño Libre celoso. Él, seductor y provocador por naturaleza, se sentó en la silla inmediatamente delante de la mía y a intervalos se daba la vuelta y me lanzaba un beso, que lejos de incomodarme o escandalizarme, era inmediatamente correspondido. Hasta que una de las veces que se giró nos encontró a Jesús y a mi abrazados. Todavía me parto de la risa al recordar su cara de afrenta incontenida al no ser ÉL el abrazado delante del público.
No todos los días pierdes un maestro y no todos los días te paras a recordar qué te has llevado de él en esta vida. A veces he intentado entender qué demonios trataba de enseñarnos. Desde luego si eres un alumno de los que trata de coger apuntes para luego estudiar olvídate. Me hizo gracia hace pocos meses cuando repasando mis notas del master vi cómo al principio de las clases de Carlo aún hacía intentos de apuntar cosas ininteligibles (¿qué querría decir con esta frase a medio construir?), cómo pasaba a ser medio garabatos, terminando por un folio en blanco con el título. Ahora me doy cuenta de que daba igual el contenido del módulo, que daban igual los apuntes, el Análisis Transaccional, que probablemente lo que te contara ese fin de semana no lo ibas a aplicar nunca con tus pacientes. Seguramente ibas a aprender más de sus técnicas y sus teorías a través de otro profesor o de un artículo que de sus propias palabras. Yo no sé si les pasaría igual a mis compañeros. Pero a mi cada fin de semana con Carlo me creaba esa zozobra, esa inquietud, ese zarandeo. Al final de lo que se trata es de eso precisamente, no de que te pongas a coger apuntes o de que se te olvide lo que te han contado, sino de que alguien te haya dejado una huella imborrable, te haya hecho pensar, te haya creado una inquietud, y que de repente se muera y te des cuenta de cuánto ha significado en tu aprendizaje y en definitiva en tu aprendizaje sobre la vida, porque cuanto más te fijas en la vida más puedes ayudar a tus pacientes a disfrutar de ella.
Seguramente si lloráramos a Carlo se enfadaría o nos pondría a pensar. Así que esta noche me quedo con una de mis imágenes favoritas, de ese parecido con mi abuelo, de ese aire sabio y genial, sentado en la silla esperando a que nos diera la gana de bajar a clase, concentrado, cantando. A veces escuchando una pregunta o una reflexión de alguno, para de repente saltar muy enfadado y soltar aquella expresión soez y que me encanta, pero que hoy quiero soltar muy alto: Cazzo!.
Todo empezó en Santiago. Había una conferencia multitudinaria impartida por el Adulto de algún gran pope de la Psicoterapia y la sala estaba abarrotada. Había unas sillas a la derecha de la mesa del conferenciante donde se habían juntado los Niños Libres de Javier, Jesús y yo. Javier manipulaba una cámara mientras Jesús y yo hacíamos que escuchábamos el ronroneo insoportable de la charla. De pronto vino otro Niño Libre celoso. Él, seductor y provocador por naturaleza, se sentó en la silla inmediatamente delante de la mía y a intervalos se daba la vuelta y me lanzaba un beso, que lejos de incomodarme o escandalizarme, era inmediatamente correspondido. Hasta que una de las veces que se giró nos encontró a Jesús y a mi abrazados. Todavía me parto de la risa al recordar su cara de afrenta incontenida al no ser ÉL el abrazado delante del público.
No todos los días pierdes un maestro y no todos los días te paras a recordar qué te has llevado de él en esta vida. A veces he intentado entender qué demonios trataba de enseñarnos. Desde luego si eres un alumno de los que trata de coger apuntes para luego estudiar olvídate. Me hizo gracia hace pocos meses cuando repasando mis notas del master vi cómo al principio de las clases de Carlo aún hacía intentos de apuntar cosas ininteligibles (¿qué querría decir con esta frase a medio construir?), cómo pasaba a ser medio garabatos, terminando por un folio en blanco con el título. Ahora me doy cuenta de que daba igual el contenido del módulo, que daban igual los apuntes, el Análisis Transaccional, que probablemente lo que te contara ese fin de semana no lo ibas a aplicar nunca con tus pacientes. Seguramente ibas a aprender más de sus técnicas y sus teorías a través de otro profesor o de un artículo que de sus propias palabras. Yo no sé si les pasaría igual a mis compañeros. Pero a mi cada fin de semana con Carlo me creaba esa zozobra, esa inquietud, ese zarandeo. Al final de lo que se trata es de eso precisamente, no de que te pongas a coger apuntes o de que se te olvide lo que te han contado, sino de que alguien te haya dejado una huella imborrable, te haya hecho pensar, te haya creado una inquietud, y que de repente se muera y te des cuenta de cuánto ha significado en tu aprendizaje y en definitiva en tu aprendizaje sobre la vida, porque cuanto más te fijas en la vida más puedes ayudar a tus pacientes a disfrutar de ella.
Seguramente si lloráramos a Carlo se enfadaría o nos pondría a pensar. Así que esta noche me quedo con una de mis imágenes favoritas, de ese parecido con mi abuelo, de ese aire sabio y genial, sentado en la silla esperando a que nos diera la gana de bajar a clase, concentrado, cantando. A veces escuchando una pregunta o una reflexión de alguno, para de repente saltar muy enfadado y soltar aquella expresión soez y que me encanta, pero que hoy quiero soltar muy alto: Cazzo!.
domingo 12 de octubre de 2008
HOY NO
Me pregunto cómo de grande debe de ser el nudo que se te hace en la garganta cuando empiezas un concierto cantando que hoy has echado de menos a tu hermano, después sigues, como en otros tantos conciertos, notando su ausencia a tu lado (y eso que han pasado casi nueve años desde que Enrique se murió), y luego cantar aquella canción que tu hermano le escribió a su hija, diciéndole a María que se agarre fuerte. Hoy tengo "Hoy no" dándome vueltas en la cabeza. Lo tenía como dormida, pero con el concierto de los 30 años me ha vuelto esa pasión adolescente, sobre todo al juntarme cerca, muy cerquita del escenario con otros tantos frikis de Los Secretos como yo, que han rayado discos de vinilo de tanto ponerlos, que escuchaban el disco del directo del (86?) y creían estar allí. Menos mal que de vez en cuando algo me pega un empujón musical y recupero la pasión musical. A veces me gustaría poder pedir deseos a un genio de la lámpara y poder asistir a conciertos interminables, le pediría poder volver a ver a Los Secretos en el Honky Tonk como cuando era adolescente y me llevaron mis tíos en plan backstage con otros músicos; le pediría ir a un concierto de los Beatles, de los Eagles, de mi Sabina, y que no se acabe nunca la música. Me gustaría haber seguido todo el fin de semana pegando botes en la arena de Las Ventas con mi grupito de frikis canción tras canción, contándonos cómo esta es mi favorita, no ahora aquella...
Ahora toca temporadita de rescate de viejos discos.
Ahora toca temporadita de rescate de viejos discos.
viernes 10 de octubre de 2008
GRACIAS POR ELEGIRME
Ha sido divertido, incluso esa lucha entre el morlaco y la torera, porque aunque yo quiero mucho a Eric y es mi cuñado, no le perdono ese vociferio de "Odio a Sabina" que resonó en el tendido de sol esta noche. Sin embargo lo ha resarcido con esas ovaciones compartidas a RAMÓN y su guitarra. Creía que nadie más compartía conmigo esa devoción a ese Ramón tímido que quiere pasar desapercibido pero que cómo va a conseguirlo cuando puntea su guitarra, ¡por Dios!. Seguro que para él no somos más que uno más de "los sobrinos de María" que pegábamos voces en la piscina de Las Rozas cuando él estaba allí las tardes de verano con Begoña, y él es otro en nuestra colección de ídolos que desfilaban en la Movida de los 80 por casa de mis abuelos. O una noche de cangureo de mi prima abrías la puerta y aparecía Álvaro recogiendo un sobre. O te acompañaba a un concierto Javier. Y tú de veinteañera ibas de fan número uno a un concierto de Enrique y meses más tarde aparecías por el tanatorio a consolar a tus tíos mientras por todos los rincones había músicos rindiendo miles de homenajes con sus guitarras. Las Ventas a tope, no cabe ni un alma más y mientras Los Secretos tocan sus grandes éxitos uno tras otro y tú dudas entre echarte a llorar de la emoción y la nostalgia o ponerte a pegar botes (y optas por esto último), te dedicas a llamar por teléfono a tus tíos, iconos de la Movida, especialmente porque ha salido en el escenario Che Mari, y esperas el día en que se monte una Jam Session y puedas disfrutar en privado de la más absoluta genialidad de la música, aquello que fue tu pasión más secreta durante largas horas y que un día te truncaron para ser mujer de provecho. Lo que daría yo esta noche por haber estado, sólo un minuto, al lado de Álvaro Urquijo.
domingo 5 de octubre de 2008
TENIAMOS SUEÑOS
Aquel verano tan intenso escuchaba yo unos versos de Sabina que decían "en Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Yo era feliz allí y en aquel momento, y pensaba, parada en aquel semáforo escuchando la canción, qué pasaría si en algún momento del futuro las cosas habrían cambiado tanto qué sentiría yo al volver a mi Comala particular.
Fue un verano estupendo, pero pasó, se acabó y empezaron nuestros sueños. Juanmita se fue a Mexico. Anita y David se fueron al Caribe y pasaron muchas cosas. Otros fuimos en direcciones distintas. Estos días paseaba yo por las calles del pueblo y revivía tantas emociones que pensaba que quizá Sabina tenía razón, porque volver a Comala te recuerda los proyectos que tuviste y que pasado un tiempo ves que no has cumplido. Entonces salimos de allí con la maleta llena de ilusiones y proyectos, y hoy vuelvo a Madrid con un equipaje que consiste en una pizarra en blanco donde todo son interrogantes. ¿De qué sirve soñar si luego cuesta tanto cumplir los sueños?. ¿Por qué tiene que ser tan doloroso visitar de nuevo una cala, una playa donde dormíamos bajo las estrellas, por qué tiene que doler tanto abrazar de nuevo a tus maestros?. Me apetece coger el rotulador y ponerme a garabatear de nuevos sueños la pizarra, pero es que no se me ocurre qué poner. Sólo sé que me han invitado, me han insistido, en que vuelva a Comala, pero a mi me da miedo, porque ya no es lo mismo, ya no somos los mismos, y aquello nunca se volverá a repetir nunca más. Emulando a Heráclito... nunca bucearemos dos veces en el mismo mar.
Fue un verano estupendo, pero pasó, se acabó y empezaron nuestros sueños. Juanmita se fue a Mexico. Anita y David se fueron al Caribe y pasaron muchas cosas. Otros fuimos en direcciones distintas. Estos días paseaba yo por las calles del pueblo y revivía tantas emociones que pensaba que quizá Sabina tenía razón, porque volver a Comala te recuerda los proyectos que tuviste y que pasado un tiempo ves que no has cumplido. Entonces salimos de allí con la maleta llena de ilusiones y proyectos, y hoy vuelvo a Madrid con un equipaje que consiste en una pizarra en blanco donde todo son interrogantes. ¿De qué sirve soñar si luego cuesta tanto cumplir los sueños?. ¿Por qué tiene que ser tan doloroso visitar de nuevo una cala, una playa donde dormíamos bajo las estrellas, por qué tiene que doler tanto abrazar de nuevo a tus maestros?. Me apetece coger el rotulador y ponerme a garabatear de nuevos sueños la pizarra, pero es que no se me ocurre qué poner. Sólo sé que me han invitado, me han insistido, en que vuelva a Comala, pero a mi me da miedo, porque ya no es lo mismo, ya no somos los mismos, y aquello nunca se volverá a repetir nunca más. Emulando a Heráclito... nunca bucearemos dos veces en el mismo mar.
sábado 16 de agosto de 2008
MIRANDO AL MAR
Si supiera hacer dibujos animados, la escena de esta tarde serían edificios con vida, grandes, grises y de hormigón, con ojos de mosqueo y dientes en forma de sierra que se doblaban amenazantes sobre mi coche que rodaba por el asfalto negro de la M-30. Así es como he vivido las vistas de Madrid por la entrada de Méndez Álvaro, después de 500 kilómetros planificando nuevas aventuras de buceo para la temporada de otoño, con el olor de la brisa marina del anochecer que ya se va metiendo en la costa, con la sal en la piel...
Una vez contaba aquello de los libros que te saltan a las manos desde las estanterías de las librerías (está en alguna parte de este blog). Pues una vez se vino conmigo un libro que decía "Escríbelo y haz que se cumpla". Quizá si ahora lo escribo, puede que algún día, espero que más pronto que tarde, todo encaje y termine donde yo quiero. Porque yo no quiero vivir en Madrid, si ahora estoy aquí es porque hay muchas cosas que me atan o que dejo que me aten, pero espero que pronto pueda dejarñas de lado que no abandonarlas, porque hay mucho y muy rico por aquí, pero no soy yo cuando camino por el asfalto y sí soy yo cuando estoy mirando la masa marina de color azul, o verde según esté el viento, me hipnotizan las olas, me acaricia la arena, respiro el viento...
Algún día voy a vivir en la costa, en un pueblecito pequeño y poco turístico. Por ahora es La Herradura la que más papeletas tiene, por aquello del cariño, pero cualquier otro sitio precioso me vale. Y todos los días me levantaré con gusto por la mañana, al abrir la ventana veré el mar, por las tardes me sentaré en la terraza a ver anochecer como en los apartamentos cutres del Pope el verano del Info... No sé a qué me dedicaré, pero estaré rodeada de gente que me quiera, estaré tranquila, podré ser yo misma sin tener que ponerme la máscara para que me acepten porque si no me aceptan (aunque el grupo de turno no me interese lo más mínimo) me quedaré sola.
Todavía no sé dónde será pero quiero que sea en Andalucía, porque tengo sangre gaditana y me tira, parece una chorrada pero es cierto, en el sur me siento como en casa porque todos hablan con un acento familiar, cálido y acogedor, la gente se ríe, se reúne, comparte.
Voy a vivir en la costa en el sur. Que lo sepáis.
Una vez contaba aquello de los libros que te saltan a las manos desde las estanterías de las librerías (está en alguna parte de este blog). Pues una vez se vino conmigo un libro que decía "Escríbelo y haz que se cumpla". Quizá si ahora lo escribo, puede que algún día, espero que más pronto que tarde, todo encaje y termine donde yo quiero. Porque yo no quiero vivir en Madrid, si ahora estoy aquí es porque hay muchas cosas que me atan o que dejo que me aten, pero espero que pronto pueda dejarñas de lado que no abandonarlas, porque hay mucho y muy rico por aquí, pero no soy yo cuando camino por el asfalto y sí soy yo cuando estoy mirando la masa marina de color azul, o verde según esté el viento, me hipnotizan las olas, me acaricia la arena, respiro el viento...
Algún día voy a vivir en la costa, en un pueblecito pequeño y poco turístico. Por ahora es La Herradura la que más papeletas tiene, por aquello del cariño, pero cualquier otro sitio precioso me vale. Y todos los días me levantaré con gusto por la mañana, al abrir la ventana veré el mar, por las tardes me sentaré en la terraza a ver anochecer como en los apartamentos cutres del Pope el verano del Info... No sé a qué me dedicaré, pero estaré rodeada de gente que me quiera, estaré tranquila, podré ser yo misma sin tener que ponerme la máscara para que me acepten porque si no me aceptan (aunque el grupo de turno no me interese lo más mínimo) me quedaré sola.
Todavía no sé dónde será pero quiero que sea en Andalucía, porque tengo sangre gaditana y me tira, parece una chorrada pero es cierto, en el sur me siento como en casa porque todos hablan con un acento familiar, cálido y acogedor, la gente se ríe, se reúne, comparte.
Voy a vivir en la costa en el sur. Que lo sepáis.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Otros blogs a visitar
- ue (1)