Philias Fobb era un pulcro caballero inglés, que como todo hijo de vecino, tenía sus filias y sus fobias. Lo cual quería decir que de cuando en cuando disfrutaba -en secreto y mirando de reojo por si pasaba alguien- de chapotear en algún charco de barro.
Le gustaba la noche; alguna pasaba en vela, paseando en la oscuridad y aspirando el silencio. Aunque claro está que de día era cuando tenía energía y adoraba sentir los rayos de sol -escasos en Inglaterra- sobre su cuerpo.
Montaba en bicicleta y cogía el autobús. Lo mismo preparaba un bizcocho que se iba al mejor restaurante de Londres. Ora lloraba, ora reía. Unas veces gustaba de escuchar la obertura más famosa del Tannhäuser de Wagner que lloraba a moco tendido con un nocturno de Chopin. Adoraba y odiaba todo lo que se cruzaba por su camino. Aborrecía el vino a la vez que olisqueaba una copa de un buen Burdeos que después paladeaba con placer.
Tan confuso, tan confuso estaba, que un día cogió un tren y dio la vuelta al mundo en 80 días. Sólo que la fama se la llevó otro...
lunes, 4 de junio de 2007
ALCALDESA
Una vez, siendo yo muy pequeña, me llevó mi abuelo al Retiro. Yo no entendía muy bien qué pasaba, sólo recuerdo mucha, mucha gente agolpada, y globos por todas partes. Cuando el incomprensible evento terminó, me dijo mi abuelo: "¿quieres saludar al alcalde?". Con cuatro años yo no sabía qué era un alcalde y quién era ese señor anciano que se agachaba delante de mi. Llevaba un adorno impresionante en la solapa, como esos premios que se dan a los ganadores de carreras de caballos.
El anciano caballero, calvo y con gafas, me dio la mano y me dijo "Cuando seas alcaldesa, llevarás una medalla como esta". Sin yo saberlo, de alguna manera estaba prediciendo mi destino. No quiero decir que mi destino sea meterme en política, pero a lo mejor termino siendo "alcaldesa" en algún sentido, en alguna parte, y me darán mi correspondiente medalla. Algo tenía que sacar de aquel evento surrealista.
Cuando se habla de que Enrique Tierno Galván fue el mejor alcalde de Madrid desde Carlos III no sé muy bien qué pensar porque mi edad era demasiado tierna como para recordar y opinar, pero sí que siento cariño por aquel entrañable viejecito que me dio la mano en el Retiro cuando iba con mi abuelo.
El anciano caballero, calvo y con gafas, me dio la mano y me dijo "Cuando seas alcaldesa, llevarás una medalla como esta". Sin yo saberlo, de alguna manera estaba prediciendo mi destino. No quiero decir que mi destino sea meterme en política, pero a lo mejor termino siendo "alcaldesa" en algún sentido, en alguna parte, y me darán mi correspondiente medalla. Algo tenía que sacar de aquel evento surrealista.
Cuando se habla de que Enrique Tierno Galván fue el mejor alcalde de Madrid desde Carlos III no sé muy bien qué pensar porque mi edad era demasiado tierna como para recordar y opinar, pero sí que siento cariño por aquel entrañable viejecito que me dio la mano en el Retiro cuando iba con mi abuelo.
TROZOS DE VIDA
Tengo una caja donde guardo trozos de vida. Son trozos de mi vida y de vidas de otras personas que me acompañan. Si pusiera juntos en el suelo, formando una fila, todos los trozos de vida, se podría contar una historia llena de acontecimientos.
Las fotografías se llaman instantáneas. Nada más acertado. Captan un instante, y así de fácil, tienes un trozo de tu vida que atesorar.
Las fotografías se llaman instantáneas. Nada más acertado. Captan un instante, y así de fácil, tienes un trozo de tu vida que atesorar.
lunes, 23 de abril de 2007
MIEDOS
Soy especialista en miedos. Es más, seguro que podría hacer una tesis doctoral. El miedo es una emoción que se puede manifestar en el cuerpo de muchas maneras. Yo te cuento mis vivencias y seguro que alguna puedes identificar en tu propia vivencia, y si hay alguna que yo no haya puesto, me encantará que me ilustres.
Miedo aplastante: es como si te metieran dentro de un winzip. Tu cuerpo se va comprimiendo de arriba a abajo, el aire de pronto es pesado y cuesta respirar.
Miedo paralizante: es aquel en el que una fuerza invisible no te deja moverte, unos dedos te agarran desde detrás y te dejan sentado en una silla, con aspecto bobalicón y balbuceando tonterías. Quieres moverte y no puedes, sólo te quedas esperando que lo que sea, se solucione pronto.
El agujero: un día te levantas y sientes un agujero en la tripa, un agujero negro y vacío que necesitas llenar de cualquier manera, y vagas sin rumbo fijo buscando algo que te rellene el hueco, lo intentas tapar pero el agujero se mueve y te recuerda que está allí.
Miedo digestivo: es aquel en el que cualquier día te entra la vomitona y la diarrea, lo que el hermano de una amiga llama "vomicaca"; te entra un calambre que te sacude desde la garganta hasta el bajo vientre, que desemboca en una gran náusea en la que quieres expulsar, expulsar hasta sacarlo todo.
Miedo tembloroso: las sacudidas eléctricas en este caso vienen por el tronco, y siguen por las extremidades, tiemblas sin parar y no puedes parar, de alguna manera te calma y de otra manera te da más miedo.
Miedo ahogante: no puedes respirar, te ahogas y tratas de coger aire como puedes, cada vez respiras más deprisa y cada vez te falta más aire, entras en un círculo vicioso del que no puedes salir, no puedes hacer más que abrir las vías respiratorias y tratar de llenarte de aire como puedes.
Claro está que te puede dar un día un miedo puro, o te puede dar una mezcla de varios.
Miedo aplastante: es como si te metieran dentro de un winzip. Tu cuerpo se va comprimiendo de arriba a abajo, el aire de pronto es pesado y cuesta respirar.
Miedo paralizante: es aquel en el que una fuerza invisible no te deja moverte, unos dedos te agarran desde detrás y te dejan sentado en una silla, con aspecto bobalicón y balbuceando tonterías. Quieres moverte y no puedes, sólo te quedas esperando que lo que sea, se solucione pronto.
El agujero: un día te levantas y sientes un agujero en la tripa, un agujero negro y vacío que necesitas llenar de cualquier manera, y vagas sin rumbo fijo buscando algo que te rellene el hueco, lo intentas tapar pero el agujero se mueve y te recuerda que está allí.
Miedo digestivo: es aquel en el que cualquier día te entra la vomitona y la diarrea, lo que el hermano de una amiga llama "vomicaca"; te entra un calambre que te sacude desde la garganta hasta el bajo vientre, que desemboca en una gran náusea en la que quieres expulsar, expulsar hasta sacarlo todo.
Miedo tembloroso: las sacudidas eléctricas en este caso vienen por el tronco, y siguen por las extremidades, tiemblas sin parar y no puedes parar, de alguna manera te calma y de otra manera te da más miedo.
Miedo ahogante: no puedes respirar, te ahogas y tratas de coger aire como puedes, cada vez respiras más deprisa y cada vez te falta más aire, entras en un círculo vicioso del que no puedes salir, no puedes hacer más que abrir las vías respiratorias y tratar de llenarte de aire como puedes.
Claro está que te puede dar un día un miedo puro, o te puede dar una mezcla de varios.
domingo, 25 de marzo de 2007
SOY DOS
Jamás antes había sentido tan patente mi dicotomía. Ya sé desde hace tiempo que mi personalidad se encuentra un tanto disociada y que ora puedo ser una, ora otra, a veces incluso varias. Dependiendo de la situación. Dependiendo de con quién esté. Dependiendo del miedo que tenga.
Tengo dos hemisferios cerebrales que no se comunican. A veces pasan cosas como hoy, que salgo de una representación teatral, que salgo de danza vivencial, que he tenido cualquier experiencia artística y es como si se encendiera la bengala como aquellas de cuando éramos pequeños en navidades: ¡fum! de repente se activa el hemisferio derecho y tengo la impetuosa (porque yo soy impetuosa) necesidad de sentarme a escribir, o de sentarme a pensar lo que me gustaría escribir. O me invento una canción. Y pienso que esta soy yo de verdad, que soy la creativa, la que inventa, la que comunica, la que está de verdad detrás de esos ojos azules-grises-verdosos que me caracterizan, y quiero ser así siempre y que nunca me abandone el espíritu.
Pero hay otro espíritu, y ese es el hemisferio izquierdo, el genial, el fuera de lo común, el extraordinariamente inteligente que piensa, que cavila, que busca explicaciones y soluciones. Se disfraza de tela verde de quirófano porque tiene forma de ciencia. Yo lo achaco a la educación. Se olvidaron de mi hemisferio derecho y me potenciaron el izquierdo, y entonces ya no soy yo, soy la niña de seis años que aprende a toda velocidad para que Papá y Mamá estén orgullosos.
Y podría ponerme a hablar no sólo de hemisferios, sino ya de identidades, de ser la buena o la mala, de ser la divertida o la depresiva, de ser la presente o la ausente, de ser la que quiere y la que no quiere.
Hoy por fin entiendo qué significa integrar dos partes, ni una es buena ni la otra es mala. Ni hay que vivir con un hemisferio ni con el otro. Los dos forman parte de mi, los dos soy yo, sólo es cuestión de aceptar ambos y fundirlos como se funde el chocolate cuando lo pones al fuego. Vale... ¿pero cómo?
Tengo dos hemisferios cerebrales que no se comunican. A veces pasan cosas como hoy, que salgo de una representación teatral, que salgo de danza vivencial, que he tenido cualquier experiencia artística y es como si se encendiera la bengala como aquellas de cuando éramos pequeños en navidades: ¡fum! de repente se activa el hemisferio derecho y tengo la impetuosa (porque yo soy impetuosa) necesidad de sentarme a escribir, o de sentarme a pensar lo que me gustaría escribir. O me invento una canción. Y pienso que esta soy yo de verdad, que soy la creativa, la que inventa, la que comunica, la que está de verdad detrás de esos ojos azules-grises-verdosos que me caracterizan, y quiero ser así siempre y que nunca me abandone el espíritu.
Pero hay otro espíritu, y ese es el hemisferio izquierdo, el genial, el fuera de lo común, el extraordinariamente inteligente que piensa, que cavila, que busca explicaciones y soluciones. Se disfraza de tela verde de quirófano porque tiene forma de ciencia. Yo lo achaco a la educación. Se olvidaron de mi hemisferio derecho y me potenciaron el izquierdo, y entonces ya no soy yo, soy la niña de seis años que aprende a toda velocidad para que Papá y Mamá estén orgullosos.
Y podría ponerme a hablar no sólo de hemisferios, sino ya de identidades, de ser la buena o la mala, de ser la divertida o la depresiva, de ser la presente o la ausente, de ser la que quiere y la que no quiere.
Hoy por fin entiendo qué significa integrar dos partes, ni una es buena ni la otra es mala. Ni hay que vivir con un hemisferio ni con el otro. Los dos forman parte de mi, los dos soy yo, sólo es cuestión de aceptar ambos y fundirlos como se funde el chocolate cuando lo pones al fuego. Vale... ¿pero cómo?
viernes, 23 de marzo de 2007
EL MUSEO MÁS BONITO
El museo más bonito del mundo está en Bruselas. Cierta mañana de julio mientras Nat estaba en la piscina o haciendo papeleos yo aproveché y me acerqué andando hasta el museo. Sabía dónde estaba porque el día anterior habíamos pasado por delante en el autobús. Es el museo de instrumentos musicales, tienen una colección fantástica en cuatro pisos, encerrada en un edificio Art-Déco de los años veinte que antaño fue una galería comercial. El corte inglés bruseleño del siglo pasado. Todavía conserva el encanto que le da ese abandono y posterior rescate y rehabilitación. Hay ascensor pero es más encantador subir las escaleras de madera con su hierro de forja modernista. Recorres las salas con un aparato que cuando te sitúas delante de una vitrina donde hay un número pintado en el suelo (para que sigas la secuencia), te toca una pieza con el instrumento que estás viendo. Sublime. Me encantó ver la enorme variedad de inventos que pueden salir de la cabeza de los hombres para crear música de todo tipo, desde los europeos de tiempos diversos pasando por los africanos, sudamericanos...
El que más me impresionó fue un viejo violoncello que de usado había perdido hasta el barniz. No sé qué conexión espiritual tengo yo con los violoncellos, pero recuerdo que me quedé contemplándolo desde todos los ángulos. El foco cenital que lo iluminaba acentuaba aún más su aspecto ceniciento. Y yo me preguntaba a quién perteneció, cómo era la casa donde estaba, si dio conciertos, por qué terminó olvidado y quién lo rescató y le devolvió la dignidad poniéndolo en un museo.
Muy recomendable su visita para todos los enamorados de la música. Otro día hablo de mi experiencia en el museo del chocolate de Suiza.
El que más me impresionó fue un viejo violoncello que de usado había perdido hasta el barniz. No sé qué conexión espiritual tengo yo con los violoncellos, pero recuerdo que me quedé contemplándolo desde todos los ángulos. El foco cenital que lo iluminaba acentuaba aún más su aspecto ceniciento. Y yo me preguntaba a quién perteneció, cómo era la casa donde estaba, si dio conciertos, por qué terminó olvidado y quién lo rescató y le devolvió la dignidad poniéndolo en un museo.
Muy recomendable su visita para todos los enamorados de la música. Otro día hablo de mi experiencia en el museo del chocolate de Suiza.
viernes, 2 de marzo de 2007
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