Jamás antes había sentido tan patente mi dicotomía. Ya sé desde hace tiempo que mi personalidad se encuentra un tanto disociada y que ora puedo ser una, ora otra, a veces incluso varias. Dependiendo de la situación. Dependiendo de con quién esté. Dependiendo del miedo que tenga.
Tengo dos hemisferios cerebrales que no se comunican. A veces pasan cosas como hoy, que salgo de una representación teatral, que salgo de danza vivencial, que he tenido cualquier experiencia artística y es como si se encendiera la bengala como aquellas de cuando éramos pequeños en navidades: ¡fum! de repente se activa el hemisferio derecho y tengo la impetuosa (porque yo soy impetuosa) necesidad de sentarme a escribir, o de sentarme a pensar lo que me gustaría escribir. O me invento una canción. Y pienso que esta soy yo de verdad, que soy la creativa, la que inventa, la que comunica, la que está de verdad detrás de esos ojos azules-grises-verdosos que me caracterizan, y quiero ser así siempre y que nunca me abandone el espíritu.
Pero hay otro espíritu, y ese es el hemisferio izquierdo, el genial, el fuera de lo común, el extraordinariamente inteligente que piensa, que cavila, que busca explicaciones y soluciones. Se disfraza de tela verde de quirófano porque tiene forma de ciencia. Yo lo achaco a la educación. Se olvidaron de mi hemisferio derecho y me potenciaron el izquierdo, y entonces ya no soy yo, soy la niña de seis años que aprende a toda velocidad para que Papá y Mamá estén orgullosos.
Y podría ponerme a hablar no sólo de hemisferios, sino ya de identidades, de ser la buena o la mala, de ser la divertida o la depresiva, de ser la presente o la ausente, de ser la que quiere y la que no quiere.
Hoy por fin entiendo qué significa integrar dos partes, ni una es buena ni la otra es mala. Ni hay que vivir con un hemisferio ni con el otro. Los dos forman parte de mi, los dos soy yo, sólo es cuestión de aceptar ambos y fundirlos como se funde el chocolate cuando lo pones al fuego. Vale... ¿pero cómo?
domingo, 25 de marzo de 2007
viernes, 23 de marzo de 2007
EL MUSEO MÁS BONITO
El museo más bonito del mundo está en Bruselas. Cierta mañana de julio mientras Nat estaba en la piscina o haciendo papeleos yo aproveché y me acerqué andando hasta el museo. Sabía dónde estaba porque el día anterior habíamos pasado por delante en el autobús. Es el museo de instrumentos musicales, tienen una colección fantástica en cuatro pisos, encerrada en un edificio Art-Déco de los años veinte que antaño fue una galería comercial. El corte inglés bruseleño del siglo pasado. Todavía conserva el encanto que le da ese abandono y posterior rescate y rehabilitación. Hay ascensor pero es más encantador subir las escaleras de madera con su hierro de forja modernista. Recorres las salas con un aparato que cuando te sitúas delante de una vitrina donde hay un número pintado en el suelo (para que sigas la secuencia), te toca una pieza con el instrumento que estás viendo. Sublime. Me encantó ver la enorme variedad de inventos que pueden salir de la cabeza de los hombres para crear música de todo tipo, desde los europeos de tiempos diversos pasando por los africanos, sudamericanos...
El que más me impresionó fue un viejo violoncello que de usado había perdido hasta el barniz. No sé qué conexión espiritual tengo yo con los violoncellos, pero recuerdo que me quedé contemplándolo desde todos los ángulos. El foco cenital que lo iluminaba acentuaba aún más su aspecto ceniciento. Y yo me preguntaba a quién perteneció, cómo era la casa donde estaba, si dio conciertos, por qué terminó olvidado y quién lo rescató y le devolvió la dignidad poniéndolo en un museo.
Muy recomendable su visita para todos los enamorados de la música. Otro día hablo de mi experiencia en el museo del chocolate de Suiza.
El que más me impresionó fue un viejo violoncello que de usado había perdido hasta el barniz. No sé qué conexión espiritual tengo yo con los violoncellos, pero recuerdo que me quedé contemplándolo desde todos los ángulos. El foco cenital que lo iluminaba acentuaba aún más su aspecto ceniciento. Y yo me preguntaba a quién perteneció, cómo era la casa donde estaba, si dio conciertos, por qué terminó olvidado y quién lo rescató y le devolvió la dignidad poniéndolo en un museo.
Muy recomendable su visita para todos los enamorados de la música. Otro día hablo de mi experiencia en el museo del chocolate de Suiza.
viernes, 2 de marzo de 2007
martes, 27 de febrero de 2007
GRIS
Este cuento no tiene final. Está aún por inventar.
Vulgar. Corriente. Anodino.
Hoy es un día como otros.
Cielo gris plomizo, nubarrones negras que se amontonan sobre otras gris pálido. Amenazan lluvia, amenazan granizo, amenazan cualquier cosa que queda lejos de ser un agradable día de primavera de esos que hacen brotar en ti esa pequeña euforia que crea el sol, la brisa, el olor del buen tiempo. No, hoy es un día del color de los tornillos de la fábrica.
Hacia esa fábrica se encamina la niña. Claro que físicamente no es una niña, de hecho ya tiene más envergadura que una mujer corriente, es alta, firme, llama la atención por lo decidido de su gesto y de su porte. Pero hoy se siente como una niña.
Hileras e hileras de hombres caminan lentamente, paso a paso, avanzan a la vez el pie derecho y avanzan a la vez el pie izquierdo, todo en un unísono insoportable. Ojalá pasara algo ya, se dice la niña, algo que rompa esa monotonía insoportable de paso acompasado. Nadie se percata de ella. Nadie se percata de nada, en realidad. No tienen mente. No tienen imaginación. No tienen ilusión. No tienen ganas de nada. Simplemente hay que trabajar, hay que avanzar, paso a paso, hacia la fábrica de tornillos. Obreros. Contables. Directores financieros. Administrativos. Cada cual con su función, cada cual en su puesto, sobre mesa de formica (blanca o gris), con su ordenador de pantalla negra y letras verde brillante, sobre cada mesa pilas y pilas de papel pijama con datos, cifras, vomitados desde una impresora. Los datos son importantes para una empresa, hay que saber cuánto se vende, cuánto hay que comprar, cómo casar uno con otro.
La niña está en medio de la hilera de hombres clónicos que van entrando en la fábrica y van fichando su hora de entrada. Todos con corbata gris. Todos con camisa blanca de manga corta y pantalón de franela gris, zapatos negros de cordones, bolígrafos pulcramente colocados en el bolsillo de la camisa. A la niña le gustaría saber algo más que sus nombres: si tienen familia, qué les gusta hacer en el tiempo libre, quiere saber cosas. Pero nadie le habla, nadie la mira. Todos tienen la mirada fija en la fábrica de tornillos a la que se dirigen.
Un reloj sobre la pared parece que quiere recordar a todos que sus manillas seguirán girando y girando eternamente, día tras día, hora tras hora, avanzando en el calendario sin que nada pase ni cambie. Y se seguirán fabricando tornillos sin descanso, en una cadena de producción interminable.
Ahora la niña está sentada en una mesa y no comprende este mundo que le toca vivir. No entiende por qué un ser humano se puede alienar y enajenar de tal modo que llegue a no pensar y a no poder imaginar una vida fuera de una fábrica de esas de tejado en forma de picos, de hormigón gris. No alcanza a comprender cómo puede hacer una persona para desconectar su mente durante ocho horas exactas y abstraerse en números y números, así día tras día. Los pececillos que habitan en su tripa empiezan a nadar en círculos y entonces la niña reconoce la sensación a la que ya sabe ponerle nombre: se llama angustia. Angustia de no poder escapar de ese encierro de paredes de hormigón, de tornillos de acero, de corbatas, de calculadoras. Ahora se da cuenta de que todo eso la asusta y quiere huir pero no sabe a dónde ir.
Quizá un día se le ocurra. Entre tanto, tiene que seguir concentrada en su pequeña pieza que forma el gran puzzle de la fábrica de tornillos.
Vulgar. Corriente. Anodino.
Hoy es un día como otros.
Cielo gris plomizo, nubarrones negras que se amontonan sobre otras gris pálido. Amenazan lluvia, amenazan granizo, amenazan cualquier cosa que queda lejos de ser un agradable día de primavera de esos que hacen brotar en ti esa pequeña euforia que crea el sol, la brisa, el olor del buen tiempo. No, hoy es un día del color de los tornillos de la fábrica.
Hacia esa fábrica se encamina la niña. Claro que físicamente no es una niña, de hecho ya tiene más envergadura que una mujer corriente, es alta, firme, llama la atención por lo decidido de su gesto y de su porte. Pero hoy se siente como una niña.
Hileras e hileras de hombres caminan lentamente, paso a paso, avanzan a la vez el pie derecho y avanzan a la vez el pie izquierdo, todo en un unísono insoportable. Ojalá pasara algo ya, se dice la niña, algo que rompa esa monotonía insoportable de paso acompasado. Nadie se percata de ella. Nadie se percata de nada, en realidad. No tienen mente. No tienen imaginación. No tienen ilusión. No tienen ganas de nada. Simplemente hay que trabajar, hay que avanzar, paso a paso, hacia la fábrica de tornillos. Obreros. Contables. Directores financieros. Administrativos. Cada cual con su función, cada cual en su puesto, sobre mesa de formica (blanca o gris), con su ordenador de pantalla negra y letras verde brillante, sobre cada mesa pilas y pilas de papel pijama con datos, cifras, vomitados desde una impresora. Los datos son importantes para una empresa, hay que saber cuánto se vende, cuánto hay que comprar, cómo casar uno con otro.
La niña está en medio de la hilera de hombres clónicos que van entrando en la fábrica y van fichando su hora de entrada. Todos con corbata gris. Todos con camisa blanca de manga corta y pantalón de franela gris, zapatos negros de cordones, bolígrafos pulcramente colocados en el bolsillo de la camisa. A la niña le gustaría saber algo más que sus nombres: si tienen familia, qué les gusta hacer en el tiempo libre, quiere saber cosas. Pero nadie le habla, nadie la mira. Todos tienen la mirada fija en la fábrica de tornillos a la que se dirigen.
Un reloj sobre la pared parece que quiere recordar a todos que sus manillas seguirán girando y girando eternamente, día tras día, hora tras hora, avanzando en el calendario sin que nada pase ni cambie. Y se seguirán fabricando tornillos sin descanso, en una cadena de producción interminable.
Ahora la niña está sentada en una mesa y no comprende este mundo que le toca vivir. No entiende por qué un ser humano se puede alienar y enajenar de tal modo que llegue a no pensar y a no poder imaginar una vida fuera de una fábrica de esas de tejado en forma de picos, de hormigón gris. No alcanza a comprender cómo puede hacer una persona para desconectar su mente durante ocho horas exactas y abstraerse en números y números, así día tras día. Los pececillos que habitan en su tripa empiezan a nadar en círculos y entonces la niña reconoce la sensación a la que ya sabe ponerle nombre: se llama angustia. Angustia de no poder escapar de ese encierro de paredes de hormigón, de tornillos de acero, de corbatas, de calculadoras. Ahora se da cuenta de que todo eso la asusta y quiere huir pero no sabe a dónde ir.
Quizá un día se le ocurra. Entre tanto, tiene que seguir concentrada en su pequeña pieza que forma el gran puzzle de la fábrica de tornillos.
domingo, 25 de febrero de 2007
DOS TERCIOS DEL INVIERNO
Han pasado ya. Será por nuestros ritmos biológicos, pero parece que cuando empieza el invierno nos abotargamos, nos aletargamos y nos quedamos como paralizados. Bueno, yo he tenido un fin de semana de esos, como dice la canción de Fito y Fitipaldis "hoy me quedo en casa, lo de fuera no me interesa". Y luego he hecho como dice él, salir a dar una pequeña vuelta otro rato que no llueva, porque hay que ver cómo ha jarreado hoy. Y salgo, y a pesar de la hora que es, ya no hace tanto frío, y ya es de esos días que sales y dices "cuánto se han alargado las horas de luz" y te alegras y sabes que en cualquier momento vendrá la primavera a curarnos el invierno, y vuelvo a parafrasear a Fito.
El caso es que a mi no me gusta la inactividad. El viernes estaba deseando coger la cama ya a eso de las ocho, y el sábado por la mañana me costó seguir la clase en el curso de terapias ecuestres y en cuanto volví a casa, a la cama de nuevo. Una caña con la Titi a las ocho de la tarde y vuelta al sobre. Me sentía como un móvil cargando la batería. Pero ahora resulta que ya está a tope, y me he cansado de la postura horizontal, de la tele y de mis libros. ¿Quién inventaría los domingos por la tarde?. Son realmente odiososos. No tienes nada que hacer, nadie quiere quedar porque todos están descansando del descanso del fin de semana. Y mi mente y cuerpo hiperactivos están deseando salir a saltar y se llevan tremenda desilusión cuando eso no es posible y toca encerrarse, como todo hijo de vecino de arriba o de abajo.
Primavera, no tardes mucho más porque estoy deseando que lleguen esos días largos y cálidos en los que yo, y mi otro yo, lo pasamos sin parar.
Dedicado a todos los que se aburren los domingos.
El caso es que a mi no me gusta la inactividad. El viernes estaba deseando coger la cama ya a eso de las ocho, y el sábado por la mañana me costó seguir la clase en el curso de terapias ecuestres y en cuanto volví a casa, a la cama de nuevo. Una caña con la Titi a las ocho de la tarde y vuelta al sobre. Me sentía como un móvil cargando la batería. Pero ahora resulta que ya está a tope, y me he cansado de la postura horizontal, de la tele y de mis libros. ¿Quién inventaría los domingos por la tarde?. Son realmente odiososos. No tienes nada que hacer, nadie quiere quedar porque todos están descansando del descanso del fin de semana. Y mi mente y cuerpo hiperactivos están deseando salir a saltar y se llevan tremenda desilusión cuando eso no es posible y toca encerrarse, como todo hijo de vecino de arriba o de abajo.
Primavera, no tardes mucho más porque estoy deseando que lleguen esos días largos y cálidos en los que yo, y mi otro yo, lo pasamos sin parar.
Dedicado a todos los que se aburren los domingos.
martes, 20 de febrero de 2007
IN MEMORIAM
Menudo estropicio es el tiempo cuando pasa. De repente escuchas una canción y te transportas a una época. Hoy la radio me juega la mala pasada de ponerme a Duncan Dhu seguida de Enrique Urquijo y revivo aquellos días en que trabajaba en el Hospital. Los días primaverales en los que sacábamos a las terneras a pastar en la alfalfa silvestre que crecía a las orillas de la M-30 (sí, nuestra vida era surrealista, ¿qué pasa?), tumbándonos panza arriba aquel verano viendo el eclipse de sol tapándonos los ojos con radiografías mal hechas... Lo mejor de todo, la etapa de robar muebles por toda la Facultad para amueblar los apartamentos en los que vivíamos. Ni siquiera dormíamos en ellos porque nos pasábamos la vida abajo con los animales. Y qué decir de aquellas barbacoas clandestinas en los patios interiores, y aquel día que me pinché al intentar arrancar una mata de estramonio y me dio reacción alérgica... Primer homenaje que va para Bárbara, para Elisa, para Luis, para Melissa, para Julia, para los internos, para Greta, para Morgana, para Catalina...
Segundo homenaje: voy en el coche y suena Tajabone, un telón de fondo para aquellos seis meses en los que estuvimos eligiendo instrumentos musicales, aplastando figuras de arcilla conflictuosas, creando a César, nadando en pintura verde. También pasó, como los postes de la luz cuando vas en coche mirando por la ventanilla. Se acabó, se acabó en Valdilecha. Todavía me pasa que una canción me evoca aquellos días de estar dándole al coco y buscando explicaciones. Os llevo conmigo a todos, a los 12.
Tercer homenaje: la quinta!!! Ya me sobré anoche con un mail kilométrico así que ahora os lo ahorro pero no quería dejar de mencionaros.
Cuarto homenaje: me da miedo escuchar las canciones de esta época tan reciente porque lloro con facilidad. Aquellas cervezas nocturnas en el bar del camping, escuchando las olas, vigilando la luz de fondeo del barco, riendo hasta reventar... aquellos varazos en la espalda, aquellos sustos, aquellas carcajadas, aquellas burlas a la Duquesa de Alba, los abracitos debajo del agua que no eran otra cosa que juntas tóricas reventadas... va por vosotros.
No sé por qué estos días todo me recuerda a momentos pasados. Vienen como flashes en mi pantalla interior, me recuerdan todo aquello que fue, me transportan a otros sitios, otras luces, otros olores, que no son los de ahora. No es que me enganche y me pierda lo que pasa alrededor hoy y aquí, pero es que lo que pasa hoy y aquí no me interesa.
Jua, qué bueno. Hace poco en mi primer taller de Voa (va como quinto homenaje aunque aún no sois pasado), imaginaron de mi caballos, imaginaron brisa marina, imaginaron barcos que viajaban lejos, imaginaron payasos... Quién sabe si dentro de un tiempo suena una canción y me acuerdo de hoy.
Segundo homenaje: voy en el coche y suena Tajabone, un telón de fondo para aquellos seis meses en los que estuvimos eligiendo instrumentos musicales, aplastando figuras de arcilla conflictuosas, creando a César, nadando en pintura verde. También pasó, como los postes de la luz cuando vas en coche mirando por la ventanilla. Se acabó, se acabó en Valdilecha. Todavía me pasa que una canción me evoca aquellos días de estar dándole al coco y buscando explicaciones. Os llevo conmigo a todos, a los 12.
Tercer homenaje: la quinta!!! Ya me sobré anoche con un mail kilométrico así que ahora os lo ahorro pero no quería dejar de mencionaros.
Cuarto homenaje: me da miedo escuchar las canciones de esta época tan reciente porque lloro con facilidad. Aquellas cervezas nocturnas en el bar del camping, escuchando las olas, vigilando la luz de fondeo del barco, riendo hasta reventar... aquellos varazos en la espalda, aquellos sustos, aquellas carcajadas, aquellas burlas a la Duquesa de Alba, los abracitos debajo del agua que no eran otra cosa que juntas tóricas reventadas... va por vosotros.
No sé por qué estos días todo me recuerda a momentos pasados. Vienen como flashes en mi pantalla interior, me recuerdan todo aquello que fue, me transportan a otros sitios, otras luces, otros olores, que no son los de ahora. No es que me enganche y me pierda lo que pasa alrededor hoy y aquí, pero es que lo que pasa hoy y aquí no me interesa.
Jua, qué bueno. Hace poco en mi primer taller de Voa (va como quinto homenaje aunque aún no sois pasado), imaginaron de mi caballos, imaginaron brisa marina, imaginaron barcos que viajaban lejos, imaginaron payasos... Quién sabe si dentro de un tiempo suena una canción y me acuerdo de hoy.
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