No sé por qué pero quiero llegar al otro lado. Es lo único en lo que pienso y en lo que tengo fija la mirada. La otra orilla del río. Pero yo ya estoy cruzando y ya no hay vuelta atrás. La orilla de la que vengo queda tan atrás. No puedo dar la vuelta, saltar, y volver. Está muy lejos. Hay que seguir hacia adelante, hacia la tierra, cuando llegue me aferraré a las cañas y a la hierba.
Pero nunca llego. Estoy sobre las piedras del río. Permanezco de pie sobre una de ellas. Me aterra caer y mojarme. El agua es tan oscura, tan fría, corre tan rápido. No quiero caerme. Estoy en una piedra, pero esa piedra tiene ángulos, estoy incómoda, pierdo el equilibrio, y cuando parece que estoy a punto de quedarme quieta, no puedo permanecer más en ella y salto. Siempre salto de piedra en piedra. De una piedra a la siguiente. Y nunca estoy más cerca de la otra orilla. Siempre hay más y más piedras, unas altas, otras bajas, tan bajas que me mojo los tobillos, me calo los pies, y siento ese terror húmedo y frío que me hace saltar de nuevo. A veces la piedra está al sol y entonces me paro un rato más a calentarme. Pero tampoco me quedo mucho tiempo y salto a la siguiente piedra.
Una piedra y otra piedra. Cruzando el río.
domingo, 16 de diciembre de 2007
domingo, 9 de diciembre de 2007
WHAT???
Salgo del cine partiéndome el culo y todavía sigo. La peli me ha hecho transportarme a tantos recuerdos surrealistas vividos en la campiña inglesa que sigo, y sigo, y no puedo parar de recordar eventos. Mi insomne noctambulismo de esta noche hiperactiva me pone a escribir sin parar sobre anécdotas idiomáticas.
La que recuerdo ahora con más gracia se remonta a la época en la que era una alta ejecutiva de una multinacional farmacéutica. Veintipocos años, muy preparada, curriculum vitae sobresaliente, bilingüe en inglés... y mi primera reunión internacional. Vamos en trío: el Gerente General, el Director de Marketing, y yo, Asesora Técnica Veterinaria para España y Portugal. Casi nada. Aunque había que vernos a los tres.
Nos metemos en la reunión en un hotel, dos o tres representantes por país y cada uno de nosotros tiene que hacer una presentación. Mi jefe hace una introducción en un spanglish medio inventado y luego me toca a mi hacer la presentación sobre proyectos, de la que salgo bastante airosa hasta que llega el turno de preguntas. Salta "la Leona", y no la llamábamos así por nada especial como preguntaba una compañera nuestra, sino porque se llamaba Leona. Hace una pregunta interminable en un inglés londinense que no se entiende ni papa. Mi jefe le pide que repita y ella lo hace. Le pide una segunda vez que lo repita. Seguimos sin entendernos. Vaya inglés que habla la tía. Y entonces para intentar salvar la situación mi jefe le explica "No, si las palabras sueltas las entiendo, pero juntas no". Leona enrojece y se sienta al fondo de su silla y se calla.
Un año más tarde y tras múltiples reuniones internacionales ya había buen rollo entre nosotros, y acudo al congreso internacional de buiatría como representante de España. Todos los demás de la empresa de diferentes países están en el mismo hotel de Hannover. Hemos quedado para la cena y estamos sentados en el hall del hotel Richard (jefe internacional de Marketing), Austin (jefe de asesores técnicos de Estados Unidos), Leona y yo. Hasta ahora nos entendemos bien hasta que Leona vuelve a abrir la boca y suelta otra parrafada interminable. Yo miro para otro lado porque no me entero y pasado el aluvión verborreico Austin, angloparlante de nacimiento, se la queda mirando, y le dice "what?".
Por favor, no os perdáis "Arma Fatal", sobre todo los que hayáis vivido la experiencia de haber catado la campiña inglesa supuestamente para aprender inglés y os hayáis visto atrapados en la experiencia de tener que decir varias veces "what?".
La que recuerdo ahora con más gracia se remonta a la época en la que era una alta ejecutiva de una multinacional farmacéutica. Veintipocos años, muy preparada, curriculum vitae sobresaliente, bilingüe en inglés... y mi primera reunión internacional. Vamos en trío: el Gerente General, el Director de Marketing, y yo, Asesora Técnica Veterinaria para España y Portugal. Casi nada. Aunque había que vernos a los tres.
Nos metemos en la reunión en un hotel, dos o tres representantes por país y cada uno de nosotros tiene que hacer una presentación. Mi jefe hace una introducción en un spanglish medio inventado y luego me toca a mi hacer la presentación sobre proyectos, de la que salgo bastante airosa hasta que llega el turno de preguntas. Salta "la Leona", y no la llamábamos así por nada especial como preguntaba una compañera nuestra, sino porque se llamaba Leona. Hace una pregunta interminable en un inglés londinense que no se entiende ni papa. Mi jefe le pide que repita y ella lo hace. Le pide una segunda vez que lo repita. Seguimos sin entendernos. Vaya inglés que habla la tía. Y entonces para intentar salvar la situación mi jefe le explica "No, si las palabras sueltas las entiendo, pero juntas no". Leona enrojece y se sienta al fondo de su silla y se calla.
Un año más tarde y tras múltiples reuniones internacionales ya había buen rollo entre nosotros, y acudo al congreso internacional de buiatría como representante de España. Todos los demás de la empresa de diferentes países están en el mismo hotel de Hannover. Hemos quedado para la cena y estamos sentados en el hall del hotel Richard (jefe internacional de Marketing), Austin (jefe de asesores técnicos de Estados Unidos), Leona y yo. Hasta ahora nos entendemos bien hasta que Leona vuelve a abrir la boca y suelta otra parrafada interminable. Yo miro para otro lado porque no me entero y pasado el aluvión verborreico Austin, angloparlante de nacimiento, se la queda mirando, y le dice "what?".
Por favor, no os perdáis "Arma Fatal", sobre todo los que hayáis vivido la experiencia de haber catado la campiña inglesa supuestamente para aprender inglés y os hayáis visto atrapados en la experiencia de tener que decir varias veces "what?".
domingo, 11 de noviembre de 2007
OTOÑO
El año pasado estaba montada en un verano permanente y me caí de golpe dentro del invierno frío y seco de Madrid. Cuando estás en pantalones cortos tanto tiempo, pierdes toda noción del tiempo y pasar al abrigo de plumas por cuestión de supervivencia no es nada romántico. Por eso este año disfruto mucho más del otoño.
Hay un no sé qué en la luz tamizada del sol que te cambia el estado del ánimo y hace que sólo te apetezca sentarte delante de la ventana a contemplar las hojas amarillas y rojas que ahora tienen mis tres cerezos. Los árboles de color amarillo brillan con fuerza y parecen pequeños astros con luz propia, y dentro de nada habrá un manto de hojas que parece que abrigan el suelo.
Hace dos años que no veía un otoño y me hace evocar épocas pasadas, comparando cómo estaba la vida hace tanto tiempo, qué hacía, dónde estaba... Me salto un otoño y despierto asombrándome cómo ha cambiado la vida.
Disfrutad del colorido arbóreo, dura poco.
Hay un no sé qué en la luz tamizada del sol que te cambia el estado del ánimo y hace que sólo te apetezca sentarte delante de la ventana a contemplar las hojas amarillas y rojas que ahora tienen mis tres cerezos. Los árboles de color amarillo brillan con fuerza y parecen pequeños astros con luz propia, y dentro de nada habrá un manto de hojas que parece que abrigan el suelo.
Hace dos años que no veía un otoño y me hace evocar épocas pasadas, comparando cómo estaba la vida hace tanto tiempo, qué hacía, dónde estaba... Me salto un otoño y despierto asombrándome cómo ha cambiado la vida.
Disfrutad del colorido arbóreo, dura poco.
miércoles, 27 de junio de 2007
1 DE JULIO
Poco se imaginaban mis padres aquel 1 de julio de 1975 a lo que se enfrentaban cuando me vieron recién nacida. Imagino que por la cabeza de unos padres primerizos pasan todo tipo de preguntas, ilusiones, expectativas, sobre lo que va a ser su hija en la vida. Se han llevado no pocas sorpresas y no menos decepciones en mi camino en la vida hasta el día de hoy, a punto de cumplir los 32.
Primero, la sorpresa física. Para venir de padres bajitos, morenos, de pelo rizado y ojos oscuros, tener una hija alta, de pelo claro (ahora menos pero de pequeña era rubia), ojos azules y pelos tiesos como alambres, debe ser un poco mosqueante. Si no fuera porque tengo rasgos de mi madre (sobre todo) y alguno de mi padre, habrían pensado que me cambiaron en el nido.
Pero es en los usos y costumbres en lo que más chocan. No se explican que alguien pueda ser tan desordenado y tan despistado cuando ellos son obsesivamente ordenados y estructurados. Para tener unos padres tremendamente cerebrales y racionales, es chocante que yo sea tan hipersensible, tan creativa, tan con alma de artista (aunque mala en la técnica, lo reconozco). Tan sociable, con tantos amigos. Siempre fuera de casa, si supieran a qué cantidad de gente conozco les faltaría el aire.
Lo más divertido es mi amor profundo por los animales, mi disfrute de estar con ellos mientras a ellos les causa asco y horror.
Pues eso. Que desde pequeña siempre he notado las diferencias, tanto de lo que estaba presente como de lo que se presuponía de mi, y ahora pienso "cómo mola ser tan diferente".
Gracias, Maca
Primero, la sorpresa física. Para venir de padres bajitos, morenos, de pelo rizado y ojos oscuros, tener una hija alta, de pelo claro (ahora menos pero de pequeña era rubia), ojos azules y pelos tiesos como alambres, debe ser un poco mosqueante. Si no fuera porque tengo rasgos de mi madre (sobre todo) y alguno de mi padre, habrían pensado que me cambiaron en el nido.
Pero es en los usos y costumbres en lo que más chocan. No se explican que alguien pueda ser tan desordenado y tan despistado cuando ellos son obsesivamente ordenados y estructurados. Para tener unos padres tremendamente cerebrales y racionales, es chocante que yo sea tan hipersensible, tan creativa, tan con alma de artista (aunque mala en la técnica, lo reconozco). Tan sociable, con tantos amigos. Siempre fuera de casa, si supieran a qué cantidad de gente conozco les faltaría el aire.
Lo más divertido es mi amor profundo por los animales, mi disfrute de estar con ellos mientras a ellos les causa asco y horror.
Pues eso. Que desde pequeña siempre he notado las diferencias, tanto de lo que estaba presente como de lo que se presuponía de mi, y ahora pienso "cómo mola ser tan diferente".
Gracias, Maca
NEGRA SOMBRA
Este texto no es mío. Es un poema de Rosalía de Castro de 1880 al que Luz Casal le puso música y voz y que salió en la banda sonora de la peli "Mar Adentro". Quien haya visto esa peli con los mismos ojos que le puse yo (es decir, obviando el tema de la eutanasia y asombrándose del maravilloso y paradójico canto a la vida de Ramón Sanpedro), y quien me conozca y entienda la época que atravieso comprenderá la letra. Va en gallego con su traducción.
NEGRA SOMBRA (gallego)
Rosalía de Castro (de "Follas Novas", 1880)
Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales t
ornas facéndome mofa.
Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.
Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.
En todo estás e ti es todo,
pra min y en min mesma moras,
nin me dexarás ti nunca,
sombra que sempre me asombras
NEGRA SOMBRA (castellano)
Rosalía de Castro (de "Follas Novas", 1880)
Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.
Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que zumba.
Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.
En todo estás y tú eres todo,
para mí y en mi misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.
NEGRA SOMBRA (gallego)
Rosalía de Castro (de "Follas Novas", 1880)
Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales t
ornas facéndome mofa.
Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.
Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.
En todo estás e ti es todo,
pra min y en min mesma moras,
nin me dexarás ti nunca,
sombra que sempre me asombras
NEGRA SOMBRA (castellano)
Rosalía de Castro (de "Follas Novas", 1880)
Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.
Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que zumba.
Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.
En todo estás y tú eres todo,
para mí y en mi misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.
viernes, 22 de junio de 2007
GALICIA
"Chove en Santigo"... empieza la canción con una suave voz masculina. Y de inmediato me transporto al chirimiri neblinoso que solía cubrir la plaza del Obradoiro en aquellos viajes míos a Galicia. A veces eran muy duros: una semana entera sin parar, de lunes a viernes recorriendo la campiña por carreteras secundarias llenas de curvas, noches y noches dando charlas sobre antibióticos a los veterinarios... Llegaba exhausta al avión los viernes por la tarde, sin embargo ¡me traía tanto en la maleta!. La generosa hospitalidad de los gallegos, su alegre melancolía, los largos tragos de orujo blanco alrededor de una mesa en una taberna centenaria, asomarse a los acantilados de la Costa da Morte y asombrarse ante los bramidos del mar...
Y Santiago. Y Lugo. Mis ciudades favoritas. Sus muros de piedra que cobijan tantas historias que dan ganas de sentarse delante y quedarse a escuchar. ¿Quién vivió ahí?. ¿Cómo se ganaba la vida?. ¿Quién se asomaba a esa balconada acristalada?. Resuenan mis pasos en las calles desiertas a altas horas de la madrugada y revivo tantos acontecimientos vividos en aquella tierra que casi, casi, la he hecho más mía que mi verdadera tierra.
Allí fue donde nos metimos en un quiosco de música en el centro de Lugo a eso de las tres de la madrugada a pegar brincos para acabar en un portal cantándole el Gaudeaus Igitur al Decano de la Facultad de Veterinaria y al Ilustrísimo Don Juan José Badiola que nos miraba con ojos desconcertados. Allí fue donde, en Santiago, rodé escaleras abajo de cabeza desde el alféizar de la ventana donde estaba sentada con vistas a la empedrada calle porque el teléfono de monedas en el que estaba apoyada, gin-tonic en ristre, se puso a sonar de golpe, mientras Nacho y Julio se partían de la risa.
Fue en Santiago, en mi plaza del Obradoiro. Una noche me desplomé presa de un posible ataque alérgico a un guiso de lamprea en su sangre, dándole al pobre Ángel un susto de muerte. Fue en el Obradoiro donde perdíamos a Andy Johnson y me tocaba a mi, la más joven del grupo, ir a buscarlo después de haberle ofrecido "Spanish water" (léase orujo) mientras Wladi me tentaba una y otra vez con un paquete de Marlboro. Fue en Santiago donde Carlos Risco descubrió la placa donde se conmemoraban los estudios de Medicina de su bisabuelo en la Facultad mientras Omi y yo esperábamos sentadas en la puerta con los pelos de punta contemplando su emoción.
Fue en el Obradoiro donde Nata y Ana bailaron con la tuna, donde nos encontramos con el cura rockero, donde en plena época del camino de Santiago de pronto la plaza quedó desierta. La gente quiso hacerme un regalo de cumpleaños, un cumpleaños muy especial porque los treinta no son fáciles de cumplir, quedándose fuera, dejándonos la plaza para nosotros solos. Allí leímos el conxuro con el sonido de la primera campanada de la madrugada, allí construimos un altar improvisado para terminar saltando sobre cuatro velas cual hoguera de San Juan.
Chove en Santiago, sempre chove en Santiago. Siempre lo evocaré lluvioso y tremendamente caluroso, dos extremos opuestos que hacen de esta ciudad uno de los lugares más encantadores que conozco. Hoy, escuchando un CD de Luar na Lubre, echo tanto de menos aquella tierra, que comprendo lo que quieren decir con el anuncio promocional de Galicia cuando hablan de la morriña...
Y Santiago. Y Lugo. Mis ciudades favoritas. Sus muros de piedra que cobijan tantas historias que dan ganas de sentarse delante y quedarse a escuchar. ¿Quién vivió ahí?. ¿Cómo se ganaba la vida?. ¿Quién se asomaba a esa balconada acristalada?. Resuenan mis pasos en las calles desiertas a altas horas de la madrugada y revivo tantos acontecimientos vividos en aquella tierra que casi, casi, la he hecho más mía que mi verdadera tierra.
Allí fue donde nos metimos en un quiosco de música en el centro de Lugo a eso de las tres de la madrugada a pegar brincos para acabar en un portal cantándole el Gaudeaus Igitur al Decano de la Facultad de Veterinaria y al Ilustrísimo Don Juan José Badiola que nos miraba con ojos desconcertados. Allí fue donde, en Santiago, rodé escaleras abajo de cabeza desde el alféizar de la ventana donde estaba sentada con vistas a la empedrada calle porque el teléfono de monedas en el que estaba apoyada, gin-tonic en ristre, se puso a sonar de golpe, mientras Nacho y Julio se partían de la risa.
Fue en Santiago, en mi plaza del Obradoiro. Una noche me desplomé presa de un posible ataque alérgico a un guiso de lamprea en su sangre, dándole al pobre Ángel un susto de muerte. Fue en el Obradoiro donde perdíamos a Andy Johnson y me tocaba a mi, la más joven del grupo, ir a buscarlo después de haberle ofrecido "Spanish water" (léase orujo) mientras Wladi me tentaba una y otra vez con un paquete de Marlboro. Fue en Santiago donde Carlos Risco descubrió la placa donde se conmemoraban los estudios de Medicina de su bisabuelo en la Facultad mientras Omi y yo esperábamos sentadas en la puerta con los pelos de punta contemplando su emoción.
Fue en el Obradoiro donde Nata y Ana bailaron con la tuna, donde nos encontramos con el cura rockero, donde en plena época del camino de Santiago de pronto la plaza quedó desierta. La gente quiso hacerme un regalo de cumpleaños, un cumpleaños muy especial porque los treinta no son fáciles de cumplir, quedándose fuera, dejándonos la plaza para nosotros solos. Allí leímos el conxuro con el sonido de la primera campanada de la madrugada, allí construimos un altar improvisado para terminar saltando sobre cuatro velas cual hoguera de San Juan.
Chove en Santiago, sempre chove en Santiago. Siempre lo evocaré lluvioso y tremendamente caluroso, dos extremos opuestos que hacen de esta ciudad uno de los lugares más encantadores que conozco. Hoy, escuchando un CD de Luar na Lubre, echo tanto de menos aquella tierra, que comprendo lo que quieren decir con el anuncio promocional de Galicia cuando hablan de la morriña...
jueves, 14 de junio de 2007
CRÓNICA DEL ABSURDO
Una vez hablaba con mi amiga Julia por teléfono. Me contaba que estaba en Cantabria remozando una casa abandonada para hacerla casa rural (no sé en qué terminó la cosa pero creo que con el ladrillo no les fue muy bien). Y sacó una anécdota con la que me partí de risa. Resulta que paseando por el campo, vio un burro atado a un árbol y en bastante mal estado (el burro, no el árbol). Con su alma de veterinaria herida en lo más profunda soltó al animal para que vagara libre y pastara lo que quisiera, y en esto salió un pasiego y tuvieron algo más que palabras. Según me contaba que el pasiego la amenazaba con un palo (y Julita no es de las que se apocan), le dije: "tengo amigos surrealistas que tienen experiencias surrealistas y hacen que mi vida sea surrealista". A lo que me contestó: "bueno, entonces quizás tu vida sea menos aburrida que las de los demás". Touché.
Y entonces me vienen a la memoria sucesos variados, como aquella vez que compusimos la zarzuela de "la contrahecha" en plena ópera de Turandot, o atravesamos un seto en el aeropuerto de Barcelona sólo por no dar una vuelta del quince, o cuando vimos pasar volando la toalla de Melissa por el pueblo de L'Estartit cual si se estuviera dando una vuelta. O esa vez que cargados de vermut nos encontramos con una grúa enorme en plena calle y nos pusimos a emular a Cibercelia ("no lo proceso, ¡me arruina los sistemas!").
Dedicado a todos los que han vivido experiencias surrealistas a mi lado y que han hecho que mi vida sea menos aburrida. Espero que haya unas cuantas más que podamos emular con los años.
Y entonces me vienen a la memoria sucesos variados, como aquella vez que compusimos la zarzuela de "la contrahecha" en plena ópera de Turandot, o atravesamos un seto en el aeropuerto de Barcelona sólo por no dar una vuelta del quince, o cuando vimos pasar volando la toalla de Melissa por el pueblo de L'Estartit cual si se estuviera dando una vuelta. O esa vez que cargados de vermut nos encontramos con una grúa enorme en plena calle y nos pusimos a emular a Cibercelia ("no lo proceso, ¡me arruina los sistemas!").
Dedicado a todos los que han vivido experiencias surrealistas a mi lado y que han hecho que mi vida sea menos aburrida. Espero que haya unas cuantas más que podamos emular con los años.
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